La sombra roja. Séptimo Capítulo.

Por Carlos Rilova Jericó.

París, Palacio del Louvre, aposentos privados del rey, tarde noche del 11 de septiembre de 1638. Veinte días después de la batalla de Guetaria, seis después del nacimiento del Delfín Luis.

El cardenal Richelieu se acercó envarado, a pesar de la carga que sentía sobre él, hasta la puerta de las habitaciones del rey, seguido a cierta distancia por algunos de sus guardias, azarados por la proximidad de los aposentos del soberano y la presencia de mosqueteros grises -demasiado abundantes para el gusto de los hombres de la librea púrpura- en los pasillos del palacio.

Cuando el gentilhombre de servicio anunció su presencia al rey, el cardenal despidió con un gesto desabrido a los guardias y al secretario que le había seguido, dócil y sombrío, hasta la antesala de Luis XIII portando los documentos que Armad du Plessis, duque-cardenal de Richelieu debía mostrar al rey. El rostro del cardenal parecía, expuesto a la vacilante luz de las velas que se acababan de encender, de un color gris ceniciento que ahondaba sus arrugas y resaltaba aún más las hebras plateadas de su perilla y sus cabellos.

Durante unos instantes, mientras se acercaba a Luis XIII cruzando la gran habitación, los ojos negros e inquietantes del rey, que lo escrutaban, le parecieron más de lo que podía soportar. Bastó con esa sugestión para que los dolores crónicos del cardenal le aguijoneasen de forma atroz, acrecentados por aquellos temores.

La edad, sin embargo, le ayudó a sobreponerse. Eso y la práctica como primer ministro que había sobrevivido a todo desde hacía años. Consiguió incluso que la sonrisa que acompañó a la reverencia con la que saludó a su rey, pareciera cálida y natural. Su voz también salió sorprendentemente templada de sus labios resecos.

-Majestad… Está todo aquí. Acaba de llegar el correo desde la frontera española.

Al cardenal le costó mucho mantener la poca compostura que había podido reunir cuando los ojos de Luis XIII, generalmente apagados y melancólicos, incluso cobardes, fueron atravesados por un relámpago de ira que no tenía otro destino que su ministro.

Silencioso, en pie, sin atreverse a hacer el más mínimo gesto que insinuase a su amo y señor la necesidad de sentarse, no sólo por cuestión de honor, sino por la pura necesidad de unas piernas viejas que apenas lo sujetaban ya, y menos en aquel día de derrota, asistió impávido al examen furioso que el rey hacía de las hojas que él le había tendido.

Sí, allí estaba todo. La inmensa, apabullante, historia del gran fracaso que la flota y uno de los más lucidos ejércitos de los dos reinos de Francia y de Navarra, había sufrido ante los muros de Guetaria y, finalmente, ante los de Fuenterrabía.

Esta vez el cardenal no había reservado ningún secreto a su rey. En esos pliegos minuciosamente escritos de su puño y letra -lo que contaban no se podía confiar a ningún secretario, por fiable que éste fuera-,  se relataba cómo los elaborados planes del cardenal para abrir las puertas de aquellas dos plazas fuertes habían fracasado. Estrepitosamente.

Los espías encargados de vigilar lo que ocurría a sus agentes Ganelón y Pinabel, destinados el primero en Guetaria y el segundo en Fuenterrabía, le habían hecho llegar los detalles de aquel desastre y de otros tan inconmensurables que el cardenal no podría haber imaginado ni siquiera en sus más atormentadas pesadillas

El primero en caer había sido el agente infiltrado en Guetaria. El día en el que la flota de Sourdis se había plantado ante aquel puerto formidablemente fortificado, había muerto de un modo oscuro y atroz. Sin el más mínimo atisbo de honor. Como correspondía, por otra parte, a quien trabajaba por medio del ardid y la traición.

El informe del agente superviviente, que debía aguardar en estado latente en la plaza, sin darse a conocer por nadie -ni siquiera por Ganelón-, era muy detallado.

A pesar de que el cardenal sabía perfectamente cómo había acabado todo, se había ilusionado con la prolija descripción que el agente dormido hacía en su informe sobre la magnífica maniobra naval que aquel cien veces maldito señor de Sourdis, su viejo y leal enemigo, había hecho ante aquella bahía conocida en aquel lugar de Guetaria como “Malcorbe”.

El almirante enviado por el rey Felipe IV a socorrer con sus barcos a la asediada plaza de Fuenterrabía, don Lope de Hoces, había sido acorralado en aquella concha de roca y arenas que, sin embargo, era fundamental para que cualquier flota de combate, pudiera hacerse con el control de aquella costa que, a su vez, era la que guardaba el acceso a Madrid y, por tanto, al corazón del imperio Habsburgo.

El informe decía lo que ya sabía el cardenal: que don Lope era un marino hábil y experimentado pero que, como cualquier otro marino hábil y experimentado, nada pudo cuando los primeros brulotes incendiarios fueron lanzados contra él y sus barcos.

Richelieu había leído con satisfacción aquellas líneas, párrafos enteros, páginas en las que su agente contaba el modo en el que la Artillería de los barcos de Lope de Hoces no había podido enviar aquellos brulotes a pique  Ni mucho menos maniobrar para ponerse con el viento a favor y desplegarse en línea de combate, dispersando a la flota francesa majestuosamente dirigida desde el gigantesco la Couronne que, como le contaba el agente encargado de vigilar a Ganelón -y tal y como siempre se había querido- había anonadado a los enemigos de Francia por su porte, su eminencia y su masivo aspecto, erizado de cañones, con todas sus timplas, banderas, gallardetes y flámulas extendidas, agitadas por el mismo viento del Este que hinchaba sus velas como los carrillos de un monstruoso céfiro, parecido a los que se solían dibujar en los márgenes de las cartas de navegación.

El cardenal se había sentido tan satisfecho por aquella descripción en la que casi se podía sentir el olor a salitre y pólvora -tanto que lo había devuelto a sus días de gloria en el asedio a La Rochelle, cuando los españoles eran sus aliados-, que no había podido evitar hacer una mueca sardónica y despectiva al leer en aquel detallado manojo de papeles cómo una de las naves de Lope de Hoces se había librado del mismo fatal destino que el resto de la flota al ser protegida bajo el fuego de las piezas de Artillería de la plaza.

Después de eso, Armand-Jean du Plessis, cardenal y duque de Richelieu, había tenido que despertar a la cruda realidad que aquellos papeles, enviados por el agente que había vigilado a Ganelón hasta su muerte, le habían revelado.

La flota de Lope de Hoces, había saltado literalmente por los aires, hundiéndose en el mar sin que la escuadra de Sourdis tuviera siquiera que mancharse las manos acercándose a ella.

El informe describía la barahúnda de gritos, de lamentos, de jarcia, maderamen, velas, piezas de Artillería y otros efectos que habían llenado el aire cerca de Guetaria-llevándose incluso varios tejados por delante los residuos más contundentes de aquel desastre- a medida que las santabárbaras de los navíos de Lope de Hoces alcanzados por los brulotes, habían cogido fuego, estallando en una serie de explosiones en cadena.

Ese momento de suprema confusión era el que había elegido Ganelón para dejar la plaza ya completamente desguarnecida ante el ataque de la flota de Sourdis.

Se había acercado, esquivando, como todos, los restos que caían sobre Guetaria, hasta los depósitos de pólvora emplazados cerca de la iglesia y el Ayuntamiento de aquella villa y se había dispuesto a hacer con las piezas que defendían la plaza -y habían incluso salvado una de las naves de Lope de Hoces- lo mismo que acababa de ocurrir con el resto de aquella flota en la bahía de Malcorbe.

Ganelón estaba seguro de que nadie le miraba, sin embargo, por lo que contaba el agente dormido, quedó finalmente claro en ese momento que el enemigo sabía de la existencia de Ganelón: alguien llevaba meses observándolo, siguiendo, como una oscura sombra, todos sus movimientos con tal cuidado que ni siquiera lo habían percibido ni Ganelón ni el agente dormido.

Se trataba de un hombre bastante alto, antiguo soldado por la vestimenta, las maneras y la forma rápida y expeditiva en la que actuó cuando Ganelón quiso poner en marcha la machina infernalis que hubiera hecho saltar por los aires las últimas defensas de Guetaria. Las únicas que podían repeler el desembarco con el que Sourdis tenía que coronar su acción contra la flota de Lope de Hoces, si no quería que ésta terminase -como en realidad así había sido- en fracaso. O en una victoria pírrica, que venía a ser una y la misma cosa.

Ganelón apenas sí tuvo tiempo de reaccionar, ni siquiera de sacar sus armas, cuando la culata revestida de latón de la pistola del agente enemigo le golpeó en la cabeza. Con sólo ese brutal impacto, Ganelón había caído muerto. Cuando los hombres de la milicia de Guetaria se volvieron contra el hombretón, sorprendidos por el modo en el que había atacado al agente francés que hasta entonces había pasado por un residente más, asentado allí desde hacía años sin que nadie sospechase nada de él, éste se había encarado con ellos y les había hablado con voz de trueno: Las palabras que habían salido de aquella boca protegida por un erizado bigote de viejo soldado, eran tan contundentes que el agente dormido no había podido evitar transcribirlas para el cardenal, en cuya memoria se habían grabado a fuego: “señores, bien me conocéis. Soy Andolín de Echave, vecino de esta villa. Ahora vaya cada uno a su negocio. A los bastiones, a repeler el desembarco. Este hombre era agente del Francés y lo que yo he hecho es servicio del rey y por órdenes suyas y de su ministro”.

Después de eso, el agente dormido no había podido saber más. Con el resto de las milicias y los artilleros se había tenido que sumar a los demás hombres que los capitanes, tenientes y alféreces de cada tercio vecinal iban disponiendo bajo los estandartes de sus respectivos pueblos en las murallas y en los baluartes de Guetaria.

Lo que había seguido a eso creaba un vacío en el lugar en el que se suponía estaba el corazón de Armand du Plessis, cardenal de Richelieu, cada vez que  recordaba esa nefasta parte del informe del agente dormido.

El cuerpo de Ganelón había sido retirado de manera poco mejor a cómo lo hubieran hecho con la carcasa de un perro rabioso. El agente de Felipe IV había ordenado cargarlo sobre una de las angarillas dispuestas por allí para evacuar los muertos y los posibles heridos que previsiblemente caerían sobre las murallas cuando fueran asaltadas por los franceses. Sobre su pecho había puesto, con mucho cuidado y después de arrojar dos cubos de agua sobre ella, la ya perfectamente inútil machina infernalis del difunto Ganelón.

Con Echave iba un hombre, escribano del rey, al que comenzó a dictar los detalles de lo ocurrido, mientras sobre el redoblar de los tambores y los pífanos las voces de los oficiales de cada tercio -de Guetaria, de Zarauz…- acompasaban las continúas descargas de mosquetería que habían caído, inmisericordes, una tras otra, sobre las lanchas que habían tratado de llevar al puerto de Guetaria a los hombres de la flota de Sourdis preparados para tal efecto. Aquel fuego implacable, combinado con el de la Artillería que Ganelón no había podido volar, llenó la bahía de muertos franceses, de chalupas sin gobierno cargadas de marinos y soldados aterrorizados, incapaces de dar rumbo a  aquellas frágiles cáscaras de nuez con las que se les estaba enviando a una muerte segura.

Un caos que, finalmente, había llevado a Sourdis a batir los tambores y hacer señales a las chalupas de desembarco dando orden de retirada, mostrándose incapaz de poner un sólo hombre sobre las escarpadas murallas y baluartes de Guetaria y fracasando así en su objetivo de tomar la bahía, de la que lo había desalojado finalmente la amenaza de la exigua pero suficiente Artillería de la plaza

Las cosas no habían ido mucho mejor en Fuenterrabía. Pinabel, el agente destinado en aquella otra plaza, clave para abrir el camino a Madrid del mismo modo que la lanceta del cirujano se abría paso por un cuerpo enfermo, también había fracasado en su empeño por las mismas razones por las que había fracasado Ganelón: otro agente de Felipe IV, el maldito rey Planeta, había seguido sus pasos y lo había buscado, entrando en la plaza pocos días después de que las tropas de Luis XIII la invistieran y cercaran. Era evidente que había tenido éxito.

Según contaba el agente encargado de vigilar a Pinabel, uno de los últimos días antes de que acabase el asedio con la vergonzosa desbandada de los mejores regimientos de Francia y de Navarra  ante el ejército de socorro enviado desde Madrid, Pinabel había tratado de volar una rudimentaria pero eficaz mina al mismo tiempo que los sitiadores dieron fuego a la que habían estado excavando desde el exterior. Según el agente encargado de seguir los pasos a Pinabel, de haber estallado esa otra mina, la dispuesta en el interior de la plaza fuerte, muy probablemente ésta hubiera caído al quedar muertos muchos de los que defendían la parte de las murallas en aquel baluarte por el que se intentó aquel último asalto que, finalmente, no encontró ningún respaldo de Pinabel.

Éste yacía a esas horas muerto de una certera estocada. La que le había asestado el agente de Felipe IV destinado a interceptarlo dentro de Fuenterrabía. No otro que aquel escurridizo capitán Juanes de Mendia al que -recordó con amargura el cardenal- aquellos dos necios de Medoc y Tasac habían tratado de detener sin resultado alguno desde finales de 1637, perdiendo uno, Tasac, la vida y el otro, aquel fatuo arrogante de Medoc, todo el favor del cardenal del que tan necesitado estaba como el hidalgo de tres al cuarto que en realidad era y que, como se demostraba por el asunto de Pinabel, no había hecho otra cosa en el último año salvo encadenar fiasco tras fiasco. Richelieu recordaba bien que había sido él, Medoc, el que le había recomendado que contratase los servicios de Pinabel -que en realidad era un soldado viejo de los tercios de Flandes- diciéndole que lo conocía bien, que su miseria y su orgullo, tan mal avenidos la una con el otro, eran la fórmula segura para que, llegado el momento, a cambio de sus treinta monedas, abriese las puertas de Fuenterrabía y con ellas el camino a Madrid.

Sí, el cardenal recordaba incluso que Medoc le había dicho que aquel bravucón era hombre sin criterio y sin verdadera lealtad. Un verdadero mercenario que vivía en el hampa -como muchos soldados viejos de toda Europa- alquilando su brazo de asesino a sueldo a muchos postores. Había hablado de aquel hombre que iba a desempeñar el papel de Pinabel en Fuenterrabía como si fuera un hijo, una criatura suya. Incluso había puesto por las nubes las cualidades de invencible espadachín de aquel traidor.

Unas que por lo que decían los informes que el cardenal había recibido, brillaron  por su ausencia cuando John de Mount, o Juanes de Mendia, o como quiera que se llamase, se había encarado con él, pidiéndole cuentas de su traición espada en mano. Las notas que ahora estrujaba en sus manos un cada vez más irritado Luis XIII y que el cardenal había leído con pesar una y otra vez antes, contaban que al capitán Mendia le había bastado con dos jiferazos de su daga y un par de estocadas para acabar con aquel bravucón que aseguraba, poco menos, haber rendido él sólo Breda y había acabado vendiéndose por unas cuantas monedas y la oportunidad de derribar los muros de Fuenterrabía para satisfacer una oscura venganza personal.

El repaso mental del cardenal a aquella serie de catástrofes y desgracias había acabado casi al mismo tiempo en el que Luis XIII, rey augusto y cristianísimo de Francia y de Navarra, concluyó de examinar aquellos papeles en los que estaban tan bien descritas.

Richelieu se atrevió a hablar al percibir que su amo no decía nada y se quedaba mirando al fuego de la chimenea, exhalando uno de sus  roncos suspiros de tuberculoso.

-Sire…

Los ojos del rey traspasaron al cardenal una vez más. Como si estuvieran hechos del acero pavonado en negro de una de las armaduras con la que solía posar frecuentemente, cuando la ocasión lo exigía. Sin embargo no dijo nada y permitió, con un gesto vagamente condescendiente, que su ministro hablará.

-Sire, debemos mirar hacia el futuro. Estos fracasos no deben ensombrecer la campaña que hemos iniciado en Cataluña que, de seguro, tendrá mejor éxito. Tampoco la feliz noticia del nacimiento de vuestro heredero varón, Luis, don de Dios… -durante unos instantes Richelieu escrutó el rostro de su rey en busca de alguna señal de alegría, que finalmente no apareció-. Quizás vuestro hijo consiga doblegar esas dos plazas que hoy se nos han escapado…

Durante un instante el cardenal temió que el rey se abalanzase sobre él para estrangularlo después de que levantase la mirada, otra vez, tras aquellas palabras. Sin embargo sólo le habló con acritud y sarcasmo, sin un asomo de sus habituales tartamudeos.

-¿De verdad?. Pues entonces tendremos que ir pensando en cómo quitar al rey Felipe, mi señor cuñado, el cerro rico de Potosí y sus minas de plata. Porque yo, a decir verdad, Eminencia, no veo otro modo de ganarle esta guerra que nos está devorando vivos, arruinando mi Tesoro, agotando a mis reinos a los que no puedo esquilmar ya con nuevos impuestos sin temer una rebelión tras otra que nos ponen al borde de una nueva guerra civil, como en tiempos de mi padre.

A aquel estallido, al que el cardenal fue incapaz de encontrar respuesta, siguió un espeso silencio que el rey sólo rompió para señalar al cardenal que la audiencia había terminado y podía retirarse. Mientras se acercaba a la puerta, Richelieu pudo ver al rey arrojando al fuego, abatido, apoyado en la chimenea, todos los papeles que le había traído. Sólo volvió a hablar cuando el cardenal ya estaba a punto de abrir las puertas de las habitaciones regias. La voz del rey sonó débil, pero seguía sin tartamudear.

-¿Sabe Vuestra Eminencia que la condesa Anne de Pemic ha desaparecido sin dejar rastro?.

El cardenal apenas acertó a volverse con un vago gesto para condolerse por la pérdida de aquella valiosa pieza. Luis XIII le hizo caso omiso y siguió hablando mientras arrojaba con parsimonia más papeles al fuego.

-He oído decir que ha pasado la frontera a la Navarra usurpada por los españoles. Es una mujer inteligente y muy hermosa. Lamento que haya hecho esto. ¿Puede Vuestra Eminencia entender sus razones?.

El cardenal, inclinándose ante el rey con un gesto de profunda reflexión, sintió que venía a su mente la frase perfecta para zanjar aquella molesta audiencia.

-Sire, nadie sabe qué anida en la mente de una bella dama, o de un espía o de un traidor. Sólo se conoce de cierto que, a veces, y por razones bien distintas en cada uno de esos tres casos, nos son necesarios, arriesgándonos a que se vuelvan en nuestra contra.

Richelieu se sintió aliviado al percibir una media sonrisa, al fin, en el rostro extenuado y pálido de su rey.

-Vuestra Eminencia ha hablado sabiamente.

Con una nueva reverencia, el cardenal salió rumiando planes de venganza contra todos los que Armand-Jean du Plessis consideraba, por activa o por pasiva, responsables del mal trago que acababa de pasar. Pensó en Artur de Medoc y sonrió. Después le pasó por la cabeza el arzobispo de Sourdis y, finalmente, Pierre Corneille al que, no sabía bien por qué, consideraba mezclado -turbiamente desde luego- en todo aquello. Quizás porque admiraba demasiado al partido español, como lo había demostrado su maldita obra, “El Cid”.

Richelieu lamentó no poder hacer nada contra él a causa de la fama que ya había conquistado y pasó a maquinar otros planes mientras su sombra roja se proyectaba sobre los muros del palacio a medida que se acercaba a sus puertas, recuperando a su séquito que en esos momentos se le antojaron mastines que ya podían olfatear la sangre de futuras e indeterminadas víctimas. No pudo, aún así, evitar recordar el duro fracaso que pesaba sobre sus hombros. Tardaría en olvidar el nombre de Guetaria. Por más que la memoria de todo aquello hubiera ardido en la chimenea del rey.

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La sombra roja. Sexto Capítulo.

Por Carlos Rilova Jericó.

Alta mar, Canal de la Mancha. A comienzos del mes de junio de 1638.

Durante toda la noche Echave se mantuvo despierto, salvo por pequeñas cabezadas dadas sobre un montón de lonas que habían sido trasladadas a la cámara del capitán Van der Tulp, que protestó, de la manera más bronca, por el modo en el que el agente había ocupado la que él llamaba “su casa a bordo”. Lo hizo desde el castillo de popa, donde las órdenes de Andolín de Echave le obligaron a pasar la noche, calentado únicamente por un capote embreado y varias tazas de café enriquecido con un generoso chorro de ron.

El flamenco protestó también, todo lo que pudo -pero sin olvidar nunca que su incómodo pasajero estaba investido por la autoridad de su rey-, por las obras que Andolín de Echave había ordenado hacer en la parte del espejo de popa del Saint Roch.

En alguna de sus duermevelas el vasco oyó rezongos del capitán en los que se mezclaban exclamaciones en flamenco, con maldiciones apenas soterradas en las que Van der Tulp lamentaba la hora en la que había aceptado aquella misión que, según se dejaba decir, casi escupiendo las palabras al viento, podría muy bien dar con todos ellos en el fondo del mar en muy poco tiempo.

Todo acabó a las seis de la mañana. A esa hora las troneras estaban perfectamente acabadas, Echave había podido dormir dos horas enteras sin que le molestase ningún martillazo y la luz gris del amanecer -la que los árabes llaman la cola del lobo- permitía saber con bastante certeza la distancia que mediaba entre el Saint Roch y La belle nantaise.

Echave lo pudo comprobar extendiendo su propio largavista acodándose sobre el pasamanos que cerraba el castillo de popa del barco de Van der Tulp, labrado con un complicado balaustre en madera de pino del Báltico.

Sonriendo como lo hubiera hecho un perro de presa, el agente plegó el catalejo y lo devolvió a la bolsa de lona en la que era transportado habitualmente. Se dirigió a Van der Tulp aún sonriente:

Mynheer Van der Tulp, debo felicitar a vuestra merced por su habilidad como marino…

El flamenco recibió el elogio levantando su ceja izquierda con una expresión aterida y desconfiada, como si quisiera esconderse dentro de su capote de lona embreada ondeado por la brisa de la mañana que seguía empujando a buena velocidad al Saint Roch hacia las costas del Cantábrico que los serviolas ya habían distinguido, a no mucha distancia de donde la proa del barco de Van der Tulp hendía un mar lechoso y grisáceo a aquella hora del día.

Echave siguió formando una sonrisa cada vez más apretada y cargada de malicia, preparándose para lo que estaba a punto de llegar.

-Su merced ha logrado poner la distancia necesaria entre ese pirata y nosotros. Tal y como demandaba el servicio del rey.

Van der Tulp aceptó el nuevo elogio con algo de desconfianza, pero de un modo menos escéptico del que lo había hecho con las primeras palabras que Echave le había dirigido en el comienzo de aquel nuevo día. El vasco, animado, siguió su monólogo de manera inmisericorde preparándose para soltar las nuevas órdenes que el capitán Van der Tulp recibiría con desagrado.

-Ahora debe vuestra merced fingir que estamos perdiendo velocidad, que estamos entrando en una deriva que va a permitir a ese escocés, a ese Mac Orlan, apoderarse de su presa, que somos  nosotros…

Echave continuó con sus explicaciones sin hacer demasiado caso de la cara enrojecida, casi apoplética con la que el capitán Van der Tulp recibió sus nuevas demandas.

-Yo bajo ahora a la cámara. Ordenad que vuestros mejores servidores de cañón se pongan a las órdenes de dos de los artilleros que os hicieron embarcar conmigo en Amberes. Habrá un momento en el que deberá vuestra merced detener el barco amainando las velas que precise, pero cuidando siempre que parezca que hemos sufrido algún mal accidente. Tened prevenidas todas las piezas del barco con las dotaciones necesarias para que hagan fuego tan de continuo como puedan. El resto de los hombres, que se preparen para un abordaje…

Van der Tulp, que se había ido quedando poco a poco lívido, se limitó a asentir como si hablar le costase un esfuerzo sobrenatural. A Echave eso le bastó tanto como si fuera un rotundo “sí” y se limitó a bajar las escaleras que debían conducirlo hasta la cámara del capitán para ejecutar el plan que había trazado en cuanto La belle nantaise había comenzado a darles caza.

La maniobra que había ordenado a Van der Tulp llevó apenas unos diez minutos. Ese tiempo bastó para que el barco de Mac Orlan acortase la distancia que el Saint Roch había ganado durante toda la tarde y la noche anterior. Echave contempló, como en una especie de mal sueño, que La belle nantaise se aproximaba, a gran velocidad, hacia ellos. Su proa, tajando el mar, se hundía en la espuma que producía sobre las aguas y eso hacía parecer a la fragata, vagamente, uno de esos monstruos marinos con los que los cartógrafos adornaban los mapas y atlas que Echave había podido ver en más de una ocasión en cámaras como la del capitán Van der Tulp e incluso en casas de burgueses que vivían del negocio del mar, pero que nunca jamás habían pisado la cubierta de un navío de alto bordo, de los que se adentraban en las latitudes desconocidas donde se suponía habitaban aquellas figuras legendarias.

El sonido de su propia voz le sorprendió en mitad de aquellas reflexiones. Habló en voz baja a los artilleros que habían embarcado con él en Amberes, como si los tripulantes de La belle nantaise pudieran oírle.

-A mi señal haced que los cañones se pongan en posición sacando las bocas por estos dos orificios labrados esta noche. Disparad primero el que queda a estribor y luego el que está más cerca de babor. ¿Uno está cargado con metralla y el otro con bala rasa?.

Los artilleros, mudos, asintieron a todo, taciturnos bajo los pedazos de vela enrollados en torno a sus cabezas para protegerles de las mortíferas astillas que, sin duda, saltarían si los cañones de caza, en la proa de La belle nantaise, respondían a su fuego.

Durante unos cuatro minutos que se hicieron eternos, en medio de un silencio sólo roto por los ruidos habituales en navíos en marcha, Echave contuvo la respiración con las dos manos levantadas, como si quisiera rendirse. Después de ese lapso las bajó, cuando vio la proa de La belle nantaise tan cerca como para distinguir la cara de la mujer labrada en su mascaron de proa.

-¡Ahora!.

El ruido de las maromas y las poleas con las que las cureñas de los cañones fueron arrastradas hasta las toscas andanas improvisadas durante la noche, ahogó su voz y le atenazó el miedo a la garganta. Después ensordeció cuando las dos piezas dispararon al mismo tiempo, enviando su carga mortal contra La belle nantaise.

Entre el humo acre de la pólvora, pudo distinguir los desperfectos causados por la trampa que había tendido al capitán Mac Orlan y a su desgraciada tripulación. La bala rasa apenas había conseguido arañar la tablazón de babor de la fragata nantesa. No había abierto la vía de agua que Echave esperaba. Eso significaba que la carnicería que había previsto, en caso de que ese expediente fallase, estaba a punto de tener lugar. Se resignó a ello con un espasmo en el estomago casi vacío, diciéndose que el servicio del rey -en el que, al fin y al cabo, llevaba años- lo perdonaba todo. Hasta los pecados contra varios de los principales mandamientos que, domingo tras domingo, se incitaba a cumplir a todos los que querían merecer el nombre de cristiano.

Le consoló muy poco observar que al menos uno de los dos cañones de caza de La belle nantaise había quedado inutilizado y no podía abrir fuego contra ellos. El desmayado intento de los servidores del que quedaba a babor de la fragata, se quedó, por su parte, en una gran vaharada de humo blanco, mucho ruido y una bala perdida en el mar que apenas lamió el costado del Saint Roch.

Echave aulló sus últimas órdenes, sordo como aún seguía estando, a los servidores de los dos cañones de fortuna instalados apresuradamente aquella noche en la que La belle nantaise había tratado de darles caza.

-¡Aprisa!, ¡recargad aprisa y tratad de colocar otra bala al menos en esa cáscara de nuez!.

Sin esperar al resultado, Echave se lanzó escaleras arriba para ganar el castillo de popa y dirigir desde allí, lo mejor que pudiera, el combate que, casi sin duda, Mac Orlan estaba a punto de ofrecerles. El estruendo de dos nuevas detonaciones le acompañó mientras subía de dos en dos las escaleras que llevaban a la cubierta del Saint Roch. Para cuando llegó al castillo, donde le recibió una gélida mirada del capitán Van der Tulp -con su sable de abordaje ya prevenido-, pudo ver como el corsario escocés había virado a tiempo para tratar de cogerles por la amura de babor, trabándose con ellos en un combate de penol a penol, haciendo así que los dos nuevos disparos lanzados por los cañones de fortuna instalados a popa del Saint Roch, se perdieran sobre un mar agitado por el casco de La belle nantaise pero ya vacio.

Echave montó sus dos pistolas y desenvainó su espada mientras la fragata les ganaba, tal y como él esperaba, por la amura de babor. El viento trajo mechas de humo de la pólvora recién disparada y los aullidos y maldiciones -en bajo bretón, en francés, en algún que otro idioma, tal vez inglés-, en una barahúnda que salía de debajo de las jarcias y lonas de La belle nantaise. Las voces de los cabos de mar se duplicaron a bordo de ambos barcos, como si fueran eco o un estúpido juego de niños repitiendo lo que el otro decía sólo para exasperar a su interlocutor:  manos a los arpeos, prevenidos, tiradores a las cofas…

La primera andanada fue lanzada por el Saint Roch. La ventaja que ganaron fue decisiva. A simple vista, entre el humo de los cañonazos, Andolín de Echave distinguió daños severos en el casco y en la obra muerta de La belle nantaise.

Al menos dos de sus ocho cañones habían sido dañados o alcanzados, algunas velas principales estaban también dañadas y perforadas y muchos de los hombres que se agazapaban para el abordaje junto a la batayola se habían convertido en despojos sanguinolentos que se quejaban de un modo horrible de sus heridas o, peor aún, ya no decían nada.

Los cañonazos del corsario apenas hicieron algún daño al Saint Roch. Uno de sus impactos astilló la batayola cerca de donde se encontraba Echave, que apenas pudo evitar una de las mortíferas astillas que salió despedida hacia él. Pero eso fue todo lo que consiguió, además de derribar con la onda de choque del proyectil a dos marineros que transportaban agua a una de las piezas.

Tras eso, el abordaje comenzó cuando los dos barcos chocaron, ayudados por el reflujo de las olas desplazadas por el peso de sus cascos y los arpeos que empezaron a volar entre los dos navíos.

Andolín de Echave no tenía mucha experiencia en estos casos. Pero los pocos en los que había participado, antes de pasar a prestar servicio en tierra, ya le habían preparado para saber que la cosa no sería ni mejor ni peor que un combate en tierra. Los hombres del Saint Roch se apresuraron a ganar la cubierta de La belle nantaise para enfrascarse allí en algo que, visto desde el castillo de popa, parecía estar a medio camino entre una riña de taberna -en la que esos hombres, como buenos marinos, eran expertos- y una batalla campal de las muchas que Echave había vivido. Él, como un autómata, saltó también sobre la cubierta enemiga.

Sintió bajo la suela de sus botas como la estructura de La belle nantaise crujía. Entre el humo y la confusión, vio lo que ya estaba acostumbrado a ver: sangre derramada, hombres muertos, agonizantes y heridos que, en un último impulso del instinto de supervivencia, se arrastraban entre los restos de aparejo, los cadáveres de enemigos y camaradas y las armas desechadas, caídas de otras manos que, quizás, eran las que los habían dejado en ese triste estado.

El primer enemigo que se enfrentó a Echave cayó por el suelo con el pecho abierto por un pistoletazo a quemarropa. El segundo rodó en tierra de un golpe dado con la culata del arma descargada dirigido contra su sien izquierda. Sin pararse a comprobar si el hombre había muerto o su gorro de lana le había salvado para mejor ocasión, Echave subió por las escalerillas del castillo de popa de la fragata ensartando de una estocada de relámpago a un tercer marinero del corsario. Un golpe de viento barrió el humo de la cubierta y lo dejó ante el capitán de La belle nantaise.

Era un hombre no demasiado alto, tampoco muy corpulento pero aún así de aspecto sólido, macizo. Su cara, ancha y acabada en una barbilla lampiña y dividida en dos por un hoyuelo, sonreía sardónica.

Con un movimiento teatral se puso en guardia ante Echave, empezando un combate que pareció durar siglos. El vasco tuvo que reconocer que aquel maldito escocés tenía no sólo valor, sino mucha habilidad. Las mejores estocadas, las que parecían más secretas, más recónditas, más conocidas sólo por un puñado de iniciados, eran para él tan familiares como la más burda defensa de cualquier principiante.

Hubo momentos en los que las fintas de Echave apenas bastaron para evitar que el filo de Mac Orlan lo traspasase como un espetón a un cerdo. La daga que el escocés manejaba con la mano izquierda no resultó menos peligrosa y estuvo a punto de hurgar el estomago del vasco, cuando Mac Orlan consiguió acorralarlo contra la esquina del castillo de popa con dos movimientos fulgurantes de la espada ante los que Echave sólo pudo retroceder.

La estocada que acabó con el capitán de La belle nantaise llegó sólo gracias a un movimiento afortunado de Echave y al agotamiento que se había apoderado ya del brazo derecho de Mac Orlan.

Arrojado de espaldas sobre la cubierta para evitar una estocada de relámpago que el escocés le tiró por alto, Echave le atravesó, de parte a parte, el antebrazo derecho, cortando los ligamentos que permitían a la mano aferrar la empuñadura de la espada.

Fue en ese momento en el que Echave se dio cuenta de que él y Mac Orlan eran los únicos que seguían combatiendo sobre la cubierta de La belle nantaise. El estruendo de la daga del escocés, arrebatada de su mano por un puntapié de Echave, fue el que le reveló que él y su lucha con Mac Orlan se habían convertido en un espectáculo que miraban, entre indiferentes y admirados, los supervivientes del Saint Roch -entre ellos un sofocado capitán Van der Tulp- y los pocos prisioneros que habían hecho entre los tripulantes de La belle nantaise.

Todavía jadeante apuntó su espada contra la garganta de Mac Orlan, que, a pesar de la situación, sonreía por encima de las oleadas de lancinante dolor que le estaban devorando el brazo herido.

La voz de Van der Tulp hizo que Echave fuera completamente consciente de lo que estaba a punto de hacer que, en realidad, era lo que tenía planeado llevar a cabo desde el primer momento en el que había trazado su plan para capturar a La belle nantaise.

-Caballero, ¿qué vamos a hacer con los prisioneros?.

Echave no sintió nada cuando las palabras salieron de entre sus labios apretados, con una respiración que aún no había recuperado su ritmo normal.

-Matarlos. A todos.

Aunque sus ojos estaban fijos en el rostro de Mac Orlan que sonreía impávido a pesar de que había entendido el corto diálogo entre él y Van der Tulp, Echave supo que el capitán del Saint Roch lo miraba horrorizado. Aún así no se lo pensó dos veces cuando atravesó la garganta de Mac Orlan para demostrar que hablaba en serio y que no habría nada que lo persuadiese de perdonar la vida a los prisioneros.

El último gesto del capitán de La belle nantaise fue una mueca valiente y arrogante disfrazada de sonrisa displicente. Mientras el cuerpo caía sin vida sobre la cubierta, desangrándose rápidamente con dos o tres convulsiones, Echave se volvió hacia Van der Tulp, que todavía dudaba.

-¿No me ha oído vuestra merced?. Es servicio del rey. No hay excusa posible.

Van der Tulp, levantó la mano derecha, en la que aún llevaba su sable de abordaje enrojecido por sangre ajena y, sin palabras, dio la orden a sus hombres. Los prisioneros cayeron sin apenas lucha, sorprendidos, airados, implorantes algunos de ellos.

Mientras los cuchillos y las dagas hacían aquel trabajo necesario, Echave, con la espada desenvainada apoyada sobre la balaustrada del castillo de popa, habló a un capitán Van der Tulp que le daba la espalda, tembloroso, sobrecogido.

-Los muertos no cuentan historias…

La cara lívida de Van der Tulp se volvió hacia él sin poder articular palabra. Echave aprovechó para dar una nueva orden.

-El barco también se queda aquí. Dé vuestra merced la instrucción de abrir dos vías de agua en el casco. No habrá pendolaje. Ni siquiera un mechón de lana puede salir de este barco. Si me entero de lo contrario, el culpable lo pagará muy caro.

Echave no pudo evitar sonreír despectivamente ante la codicia de Van der Tulp, que parecía lo único capaz de sacarle del estupor en el que se encontraba hasta ese momento, tras recibir la orden de masacrar a los prisioneros.

-Pero, caballero…

-Tranquilícese vuestra merced -la voz de Echave era suave, pero sonaba despreciativa-. Al llegar a puerto se le compensará de esta pérdida. Yo mismo me encargaré de que así sea.

La mirada de Van der Tulp se extravió ante aquella promesa que, viniendo de un hombre como Echave, lo mismo podía significar una sentencia de muerte que una generosa bolsa llena de doblones. Los primeros cadáveres de los prisioneros habían empezado a ser arrojados al mar cuando se dirigió a uno de sus carpinteros para que horadase, inmediatamente, el casco de la fragata.

Marismas cercanas a Fuenterrabía. Sexto día del Gran Asedio, 13 de julio de 1638.

Las lanchas bogaron por el agua espesa y estancada, tratando de abrirse paso hasta la plaza asediada. A bordo de una de ellas Juanes de Mendia agachó instintivamente la cabeza, como los demás, cada vez que sonaba, más cerca o más lejos, la detonación de un mosquete o el estampido de las baterías que los franceses ya habían levantado en torno a los bastiones de la plaza, ahora empenachados por el humo de sus propias piezas de Artillería y por los impactos de las balas francesas sobre los parapetos y las bóvedas a prueba de bomba.

Hasta ese momento habían tenido bastante suerte. El timonel, el hombre más buscado por los disparos de los franceses, no había sido siquiera rozado por aquel ardiente aliento de plomo y la lancha, al menos aquella en la que viajaba el capitán Mendia, estaba ya a punto de alcanzar algún lugar en el que podrían desembarcar para entrar en Fuenterrabía y reforzar a la guarnición y a la milicia que llevaba desde el día 7 de julio batiéndose contra un ejército de varios miles de hombres.

Habían entrado por Behobia ese día de San Fermín y desde allí, sobre el puente de Amute, habían tomado todo el terreno desde Irún hasta las faldas del Jaizquibel.

Juanes de Mendia fijó la vista sobre las laderas que bajaban hasta el Bidasoa y recordó la noche de marzo en la que había conseguido pasar, al fin, con su secreto al otro lado del río, a la seguridad de los dominios del rey Planeta. Aquello había cambiado mucho en apenas cuatro meses. No había ni rastro de Maurice de Tasac y Artur de Medoc ni de los esbirros que habían tratado de cortarle el paso justo en aquel último recodo del camino.

Sintió un espasmo de amargura al recordar el modo en el que finalmente había conseguido pasar el Bidasoa después de deshacerse de los dos agentes del cardenal Richelieu.

A pesar de todas sus precauciones Tasac y Medoc habían dado con él cuando  salía de un ventorro en las afueras de Ciboure hacia el camino que conducía hasta el paso de Behobia.

Iban ellos dos solos, pues habían dividido a su partida para peinar mejor todos los tambuchos, tabernas, figones y bodegas en las que el capitán podría parar para aprovisionarse o descansar siquiera una hora antes de seguir camino. Artur de Medoc había sonreído como una fiera cuando le vio a la luz de un farol que, colgado de una de las casas de ricos burgueses supervivientes de la campaña de 1635 que aún se levantaban en Ciboure, vacilaba con el viento terral. Tasac no dijo nada, sólo se puso en guardia, echando mano a la daga y a la espada, como si quisiera imitar los gestos que en ese momento, como una máquina, repetía Artur de Medoc.

Durante unos instantes en los que sólo se oían voces de trasnochadores distantes, sofocadas, llevadas de un lado a otro por el terral, los tres hombres se miraron. Mendia, acostumbrado a estos duelos de uno contra dos o incluso contra tres, decidió empezar con ventaja, insultando a Medoc, al que sabía de sangre más caliente y con más motivos para querer saldar cuentas con él.

Se movió con precaución mientras hablaba, marcando la distancia que lo separaba de los dos franceses con el filo de la espada y de la daga.

-Medoc… ¿sabéis, señor?, siempre me pareció llamativo que tuvierais una firma tan clara y que nunca acentuaseis vuestro apellido ni vuestro nombre. Es muy propio de un gascón. ¿O sois de Rosellón?, ¿o de la Cerdaña?. ¿Ya sabe Su Eminencia, la sombra roja que os otorga su favor, que no os sentís todavía francés del todo, no lo bastante, al menos, como para marcar vuestros apellidos con las tildes francesas?.

La provocación surtió el efecto que el capitán Mendia esperaba. El rostro cincuentón y afilado de Medoc, cubierto por aquella rala barba entrecana, a juego con una cabeza casi tan rapada como la de un tiñoso, se contrajo en una mueca en la que se mezclaban el odio, el asco y el deseo de matar tan rápida y dolorosamente como fuera posible.

Embistió ciego, con una estocada de relámpago que el capitán pudo detener con un simple giro del filo de su propia espada.

Tasac fue más difícil de detener, la daga de ganchos que Juanes de Mendia llevaba ya prevenida y empuñada en su mano izquierda, apenas pudo parar la estocada en cuarta que le lanzó con un rápido movimiento del brazo, adelantándose sobre la  pierna derecha.

Después de eso, el capitán se movió con rapidez sobre sus propios pasos para mantener a raya a los dos.

El siguiente ataque fue rápido y contundente. Medoc se había calmado y había esperado a que Tasac hiciera una nueva finta hacia Juanes de Mendia. De ese modo, las espadas de los franceses cayeron sobre la del capitán casi al mismo tiempo. Él las detuvo a las dos con un golpe de plano certero que estuvo a punto de partir la de Tasac.

Después de eso, siguieron más ataques, siempre buscando acorralar a Juanes de Mendia, desarmarlo más que matarlo, pero sin escatimar las oportunidades de herirlo para dejarlo fuera de combate. Tasac murió justo en el momento en el que las respiraciones de los tres se hacían cada vez más agitadas por el esfuerzo de lanzar golpes y contragolpes. Un descuido permitió que el capitán le atravesase la ropilla por el costado sobre el hígado. Juanes de Mendia no tuvo ni siquiera tiempo de sacar la daga. Cayó al suelo con el cuerpo agonizante de Maurice de Tasac, que echó la vida por la boca junto con un cuajaron de sangre que se dispersó, convertido en un siniestro surtidor, por una nueva ráfaga de terral.

Con Medoc no hubo tanta suerte. El capitán, había logrado tirarlo por tierra golpeándole duramente con el guardamano de su espada justo en el momento en el que había parado aquel ataque en el que Tasac salió malherido. Sin embargo, cuando se disponía a darle una estocada de gracia, mientras Medoc estaba aún aturdido, tuvo que salir corriendo, huyendo de las voces que, seguramente cansadas por la duración de la reyerta, hacían todo lo posible por llamar la atención de otros vecinos y de las rondas de noche que, se suponía, no debían estar demasiado lejos.

Antes de montar en su caballo a la carrera, volvió a  ver el rostro de Medoc cubierto de sangre. No podía hablar todavía, pero su mano alzada en un puño amenazador, que luego se abrió en una palma extendida hacia el cielo nocturno, lo amenazaba claramente, asegurándole que aquella no iba a ser la última vez que se encontrarían.

Después todo había sucedido a la velocidad de un relámpago. El caballo lo llevó en menos de media hora hasta Behobia, sacando lo mejor de sus fuerzas, espoleado casi hasta el punto de caer reventado. En Pausu, en el muelle donde paraba el barquero,  se cruzó por última vez con Ana de Pemic. Al principio creyó que no pasaría de allí. La condesa y sus esbirros habían formado un semicírculo en mitad del camino cerrándole el paso. Sin embargo, antes de que Juanes de Mendia pudiera pensarse dos veces cuántas posibilidades le quedaban de saltar aquella última barrera disparando sus dos pistolas de arzón y repartiendo dos o tres golpes de espada afortunados, ella se acercó a él mostrándole las palmas de sus manos vacías.

Ahora, mientras arreciaba el fuego sobre Hondarribia y las lanchas que ya empezaban a desembarcar los primeros refuerzos, recordó con amargura aquellas últimas palabras de Ana de Pemic y la caricia de su mano en el rostro. “Pasad Juanes”, le había dicho, “para mí valéis más que el servicio a cualquier rey. Nadie me reprochará esta traición que para mí no lo es”.

El capitán, tantos meses después, aún se reprochaba no haber podido responder, no haber dicho nada a aquel gesto generoso. Se había limitado a cabalgar las pocas toesas que quedaban hasta el embarcadero seguido en todo momento por la mirada de la condesa, que sonreía con aquella mueca con la que parecía burlarse de un mundo absurdo. Allí se había bajado, y sin dejar de mirarla, había cortado las sogas que sujetaban la barca a la que subió para remar hasta la otra orilla sin perder de vista, en ningún momento, a la condesa, que también lo miró fijamente mientras alcanzaba el otro lado del Bidasoa.

Aquella imagen lo había perseguido tanto despierto como en sueños. Absurdamente era lo único que tenía en mente también mientras oía los elogios de Olivares por la información que había llevado a sus manos, en menos de una semana, corriendo la posta de Flandes desde Irún hasta Madrid. La imagen seguía nítida en ese momento y también ahora, a bordo de aquella lancha cargada de mosqueteros y piqueros de los tercios irlandeses que lo llevaba de vuelta a Fuenterrabía para cumplir las órdenes que le había dado el valido -“Permanecerá vuestra merced en su casa de San Sebastián hasta que el primer ataque empiece. En ese momento buscará el medio de entrar en Fuenterrabía y deberá descubrir al traidor y eliminarlo con la mayor de las discreciones”-.

Sólo salió de aquel ensueño en el momento en el que la lancha recibió las salpicaduras de agua que habían hecho varios disparos de mosquete de los franceses.

Justo cuando su mirada volvió a ver lo que le rodeaba en realidad y no sus propios recuerdos, reparó en un muchacho joven que le miraba entre asombrado y despectivo. Juanes de Mendia sonrió al verlo erguido en la lancha, aferrado a su mosquete, su horquilla, sus mechas, su daga, su espada y sus doce apóstoles. Se dirigió a él con un gesto afable con el que parecía disculparse por su aire abstraído.

-¿Cómo se llama vuestra merced?.

El irlandés tardó unos momentos en reaccionar, tratando de traducir al poco castellano que sabía lo que le acababa de preguntar aquel desconocido. Abombó el pecho, fanfarrón, mientras respondía:

-Barry, me llamó Patrick Barry, vengo de Irlanda de la ciudad que los malditos ingleses llaman “Waterford”.

Juanes de Mendia sonrió apreciativamente y tendió su mano al joven.

-Estoy seguro de que saldréis con bien de esta aventura Patricio Barry y seguramente mereciendo honores.

El irlandés, sin saber bien como tomarse aquellas palabras, trató de replicar algo pero Juanes de Mendia ya se había adelantado a saltar a tierra para entrar en la plaza con el resto de los refuerzos.

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La sombra roja. Quinto Capítulo.

Por Carlos Rilova Jericó.

Camino Real entre París y Bayona. Día 10 de abril de 1638.

Casi sin aliento, el capitán Juanes de Mendia se volvió hacia atrás para comprobar la distancia que había puesto entre él y los jinetes que lo seguían desde, por lo menos, Angulema.

Decidió dar algún descanso al caballo que había tomado en la última posta al comprobar que no había nadie a sus espaldas. Sabía que no tardarían en aparecer, pero la ventaja que había logrado con la larga cabalgada, que casi había extenuado al bayo y lo había cubierto de una espuma que ahora -al contacto con el aire frío de la noche- se volvía vapor, le condujo a esa inteligente indulgencia hacia su montura. Lo seguían con discreción. No encarnizadamente como había ocurrido con otros grupos de los que se había desecho con mejor o peor fortuna desde que había conseguido salir de París, sólo gracias al capricho de Anne de Pemic, a finales del mes de marzo.

El breve tiempo de descanso que se daba a sí mismo y al animal, al que le permitió reducir la marcha gradualmente, le llevó a refrescar los desconcertantes acontecimientos que se habían desencadenado desde comienzos del mes de febrero de 1638.

En aquellos momentos ya sabía que, tarde o temprano, los agentes del cardenal iban a caer sobre él, que el círculo se estrechaba cada vez más. Lo sabía por la ausencia, ya permanente, de Andolín de Echave, que no había vuelto de su viaje a Bretaña, por  las noticias que le llegaban -aún vagas e imprecisas como eran- a través de los canales subterráneos trabajados por la red de espionaje en París puesta bajo su mando desde 1635, y, sobre todo, por los síntomas de su último encuentro con Artur de Medoc en noviembre del año pasado. Una celada de la que sólo había escapado gracias al aviso que le había llegado la última vez que había estado junto a mademoiselle de Fournas. Antes de descubrir -no demasiado asombrado- que, en realidad, era una condesa húngara llamada Anne o, para el capitán Mendia, Ana de Pemic que trabajaba para la red de espías discretamente mantenida por el entorno de Luis XIII a fin de contrarrestar tanto al enemigo exterior -fundamentalmente al rey Planeta, Felipe IV- y al interior, materializado en el cardenal Richelieu y en todo lo que cubría su cada vez más espesa y turbia sombra roja.

Absorto en ese recuerdo, apretó lar riendas del caballo con tal fuerza que, casi sin darse cuenta, llegó a detenerlo. Habían pasado casi tres meses desde que se produjera aquel cambio de situación tan radical y, sin embargo, aún el sólo recuerdo le producía una sensación vertiginosa, irreal.

Él y la condesa -a la que aún seguía llamando mademoiselle de Fournas en esos momentos-, habían yacido juntos, como de costumbre. Después ella se había levantado y se había acercado hasta la chimenea, que era la única luz que en ese momento iluminaba la estancia. Al principio le había hablado vuelta de espaldas, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando hacia el fuego que esculpía sobre su piel tersa extrañas caligrafías danzantes.

El capitán Mendia experimentó ahora, de nuevo, en el Camino Real a Bayona, la misma sensación gélida que se había apoderado de él cuando ella lo llamó aquella noche de finales de enero por su verdadero nombre mientras le hablaba. “¿Sabéis -le había dicho-, Juanes, que yo tampoco he utilizado durante mucho tiempo mi verdadero nombre…?. No es Fournas, es Anne de Pemic”. Sin esperar a su respuesta, sin temer tampoco las consecuencias de esa revelación, ella había seguido adelante. El capitán creía recordar que en ese momento se había apoderado de la voz de su amante un tono burlón. Aunque, quizás, él sólo lo había imaginado así porque se había sentido burlado, a pesar de que no terminaba de estar del todo sorprendido por aquel giro -sólo hasta cierto punto inesperado- de los acontecimientos. “Soy una espía, como vos, capitán Juanes de Mendia. La única cosa que nos diferencia -aparte de las evidentes entre varón y hembra-, es que yo estoy al servicio del rey de Francia y de Navarra”.

Después de esas palabras se había vuelto hacia él, apuntándole con una pequeña pistola de bolsillo. Juanes de Mendia estaba seguro de que entonces sí había sonreído con aquella mueca burlona tan habitual en ella, como si todo el espectáculo de la Vida, del Gran Teatro del Mundo, que pasaba ante sus ojos de color verde, fuera una gran bufonada. Con ese gesto le había hablado de manera firme, pero con dulzura. “No se os ocurra buscar vuestras armas. Además ya me he encargado de que vuestra pistola quede, por así decir, inerte durante algún tiempo. Os aseguro, por otra parte, que no tengo ninguna intención de haceros daño alguno”. Después ella había disfrutado durante un instante, muy breve, de su triunfo y se había vuelto a dirigir a él con algo muy parecido a una divertida ternura. Como la que se usaría con alguien muy querido a quien se gasta una broma inocente.

Todavía ahora, cuando evidentemente ella había hecho honor a su palabra, no podía terminar de creerse que pudiera ser verdad lo que le había propuesto su antigua amante.

El trato, considerado palabra por palabra, era sencillo y fácil de entender. Ella le había dicho que iban a jugar a un juego viejo como el Mundo mismo -el del cazador y la presa-, que se iba a desarrollar desde ese mismo momento. Ella no lo denunciaría a sus amos. Mucho menos a los esbirros del cardenal Richelieu. De hecho, lo iba a ocultar hasta que estos quedasen desconcertados, desorientados, sin saber dónde buscarle y menos aún dónde encontrarle. Cuando pasase ese tiempo, le dejaría marchar y, aún más, antes de que le facilitase la salida de París con una ventaja de doce horas sobre los hombres que iba a mandar a perseguirle, le entregaría un secreto de vital importancia sobre las averiguaciones que había estado haciendo desde finales del año pasado acerca de los planes de Richelieu.

Cuado él le había preguntado la razón de aquel extraño trato, ella había bajado el arma y se había acercado hasta el borde de la cama en desorden en la que él parecía estar clavado. Ella le resultó en ese momento casi inerme, frágil por su desnudez y por el gesto de su cara, compungido. “Es que realmente -le había respondido- soy incapaz de mataros. Por alguna extraña razón. No al menos sin daros todas las posibilidades de escapar de esa muerte. O, quizás, es que necesito esta excusa para dejaros vivir. Aún no lo sé”.

Después, dejando el arma sobre la silla en la que descansaba la ropa de Juanes de Mendia junto con su daga y espada, lo había besado y se acurrucó junto a él bajo los cobertores. Lo que sucedió a continuación, volvió a ocurrir muchas otras veces mientras el capitán Mendia permaneció encerrado en una casa del centro de París hasta la que ella lo traslado oculto en un carro lleno de toneles de vino, que paró junto a la casa del capitán una o dos noches después de que aquella extraña conversación tuviera lugar. En ese largo lapso de tiempo, el capitán experimentó una sensación paradisíaca a medida que pasaban los días sin que tuviera que hacer nada para conseguir el sustento que le traían -y en abundancia- hasta la estancia en la que pasaba los días sentado junto a la chimenea leyendo novelas y tratados y recibiendo, muy asiduamente, las visitas de Ana, condesa de Pemic. Durante algunos instantes, después de los éxtasis amorosos, deseaba que aquella situación se prolongase durante años. Toda su vida, quizás.

Sin embargo, cuando ella consideró que el plazo de estancia en la casa había expirado y se despidió de él con un abrazo cálido, que duró menos de lo que ambos querían, no le había costado mucho volver a la realidad. A la única que había conocido desde que tenía barba en la cara. La de las intrigas, las armas y la violencia ejecutada de manera fría, profesional.

Ella lo había sacado de París tal y como le había prometido. Lo hizo, otra vez, a bordo de un carro, disfrazándolo de regatón. Así lo habían conducido hasta una bicoca en la que un hombre de mediana edad, con un bigote tan ralo como su melena de color gris, le había entregado el secreto que Ana de Pemic le había prometido revelarle antes de que empezase la persecución. El hombre, con un gesto teatral, le había entregado un papel en el que aparecían detallados los nombres de dos espías del cardenal Richelieu infiltrados, respectivamente, en las fortalezas de Fuenterrabía y Guetaria. La misión de ambos era minar desde dentro, en el momento que considerarán más oportuno, la resistencia que esas dos plazas pudieran hacer a un ejército que se dirigiría hacia ellas apenas empezase el verano de aquel año de gracia de 1638.

Después de devolverle uno de sus trajes de monta -en perfecto estado-, sus armas, dinero y un magnífico caballo purasangre, el hombre de melena y bigote gris se había excusado por no poder ser más explícito sobre el aspecto de aquellos dos espías de nombres tan novelescos como “Pinabel” y “Ganelón”. Cuando el capitán Mendia se había subido ya al caballo, ayudado por el estribo de piedra de las cuadras de la  granja, el hombre se había acercado a él y, nuevamente con un gesto teatral, se había despedido con palabras algo plomizas: “No soy un traidor. Lo que hago lo hago por el bien del rey y del reino de Francia. Para que no sucumba a una Tiranía. Ahora partid, digno descendiente del Cid”.

Mientras el capitán Mendia se alejaba tratando de controlar al fogoso animal que le acababan de entregar, se dio cuenta, al oír aquella despedida tan florida, de qué le resultaba familiar la cara de aquel hacendado parisino y se sintió asombrado, al reconocerlo, de lo lejos que había llegado la caprichosa intriga de su antigua amante. Esa que él sólo podía aprovechar sin siquiera lamentarse porque, una vez más a lo largo de su vida, había estado jugando con fuego.

Era de aquel modo tan inverosímil como había logrado, sin embargo, llegar ahora hasta las puertas de Burdeos tres o cuatro días después de despedirse de Pierre Corneille en las afueras de París.

Al ver las luces de la ciudad, el capitán Mendia picó espuelas al sentir que el animal estaba más descansado y se preparó para buscar algún lugar donde pasar la noche y esperar un nuevo día que lo acercaría, un poco más, a la frontera de Behobia. Aunque no sabía todavía el peligro que le esperaba allí, lo intuyó de algún modo y deseó que Andolín de Echave -al menos él- sí llegase hasta el otro lado de la raya del Bidasoa para dar aviso de lo que quiera que hubiese descubierto en Bretaña.

Alta mar, Canal de la Mancha. A comienzos del mes de junio de 1638.

“Es un suicidio, caballero Echave”. Eso era lo que le había dicho, a principios de enero, el oficial del rey al que se había dirigido, nada más cruzar la frontera entre Francia y Flandes, cuando le había solicitado embarcar inmediatamente allí, en Amberes, para desembarcar en San Sebastián o, por lo menos, en Laredo.

Esa afirmación, inapelable, era la que lo había mantenido aquellos últimos seis meses en aquel puerto en una casa que le había señalado como domicilio ese mismo oficial del rey. Paseándose durante los interminables días de lo que quedaba de invierno como un oso enjaulado, harto de ver aquellas calles estrechas y oscuras, llenas de casas de siete gabletes que parecían hechas de mazapán y dulce de azúcar.

Aquella impaciencia le había molestado más porque sabía que el oficial tenía razón y le había aconsejado cabalmente. Sí, como Echave decía, era el único poseedor de una información de la que, en sus propias palabras, “dependía la salud del Estado y la salvación de la monarquía de su majestad Felipe IV, a quien Dios guarde”, era preciso que la hiciera llegar a Madrid, o al lugar que más conviniera, con todas las garantías de éxito.

Eso descartaba, por entero, arriesgarse a  mandar correos de posta a través de Francia o de los pasos hacia Italia. La idea de hacer el viaje en barco durante lo que quedaba de invierno era descabellada -y Echave lo sabía bien, criado junto al mar en una casa de marinos y navegantes-, dadas las muchas posibilidades que existían de naufragar para cualquier barco que en esas fechas dejase atrás el estuario de Amberes, más allá de la seguridad de la costa del Zuiderzee. Si no sucumbía víctima de un temporal, podía embarrancar en la costa bretona o normanda, arrastrado por furiosas corrientes, agigantadas por el invierno. Además, por otra parte, por esas mismas causas, era evidente que los franceses tampoco harían nada hasta bien entrado el verano.

Así las cosas, y a menos que se quisiera convertir en un paradójico reo de Alta Traición al rey por aquel exceso de celo, el oficial había hecho ver con claridad a Andolín de Echave que debía permanecer en Amberes hasta que llegase el verano y el tiempo diera al menos alguna posibilidad de éxito a la navegación desde aquel puerto hasta alguno del Cantábrico, donde podría desembarcar con seguridad y transmitir sus noticias a quién quisiera o le pareciera. Le aseguró también que ninguna protesta de Echave, por amenazante que le pareciera, sería oída. Sin que eso, por supuesto, le impidiera mantenerlo allí con toda la seguridad y las comodidades posibles. También se comprometió, empeñando su palabra de caballero, a ofrecerle un transporte por mar seguro y rápido en cuanto esas condiciones favorables hicieran su aparición, tras el invierno.     

Ahora en un soleado comienzo de junio, al fin en plena Alta Mar, sobre la cubierta del Saint Roch, un fluyt, capturado a los holandeses, Andolín de Echave se sintió el hombre más feliz del Mundo mientras la lona se hinchaba y restallaba bajo el viento del Canal llevándolo de vuelta al Cantábrico, de vuelta a casa.

Agarrado a la batayola, mientras miraba la espuma que salpicaba la cubierta cuando la proa macheteaba las pequeñas olas que le llegaban atravesadas, reconoció que, realmente, el Saint Roch merecía su sobrenombre de Relámpago. Según había notado, el barco no se fatigaba en absoluto. Ni siquiera con la mar bastante picada y bajo aquellos duros vientos del Canal que su versátil velamen, ayudado por el buen oficio del capitán y sus tripulantes, iba cazando sin dificultad, aumentando la velocidad del periplo hasta un límite que a Echave, marinero varado en tierra durante muchos años, le pareció vertiginoso.

Complacido por todas aquellas circunstancias, se volvió para encender su pipa y disfrutar del viaje. Para cuando el tabaco prendió sin problemas y aspiró la primera bocanada del acre y aromático humo, se sintió tan en paz con el Mundo que incluso se obligó a reconocer -aunque algo a regañadientes- que la espera que le había impuesto el oficial al cargo de sus asuntos en Amberes, había merecido la pena y que, verdaderamente, no le faltaba razón en todas las observaciones que le había hecho en el mes de enero. En especial la de que la campaña naval que se estaba preparando en Francia -como lo atestiguaba la existencia de aquel Leviatán, la Couronne, que él, Antonio de Echave, había visto con sus propios ojos casi listo en La Roche-Berrnard- no empezaría hasta el verano.

La tranquilidad con la que habían transcurrido los tres primeros días de su viaje por mar había aumentado aún más ese optimismo que ahora sentía.

Cosa rara en él, se mantuvo algún tiempo más, pero no demasiado. Se desbarató al día siguiente, cuando entraron en el Golfo de Vizcaya, dejando atrás la península armoricana donde aún debía estar esperando su hora de Gloria aquel monstruo marino y toda la flota que, sin duda, iba a capitanear para atacar -esa era la gran duda- algún puerto del Cantábrico, o -era muy probable- todos y cada uno de ellos, por turno, en tanto la católica majestad de Felipe IV no desplegase allí fuerzas superiores que lo impidieran. Algo que, evidentemente, no podría hacer a menos que Echave desembarcase pronto en aquellas latitudes y despachase los correos precisos al rey, al conde-duque y al almirante de Castilla.

Sus grandes esperanzas se derrumbaron, en efecto, en la mañana del quinto día de travesía, a medida que se iban acercando a la vertical de Burdeos, después de haber demorado por el Norte, en muchas millas, la punta del Cabo del Lagarto y las islas inglesas del Canal.

Fue entonces cuando el primer cañonazo de la fragata francesa alcanzó la estela del Saint Roch.

Echave echó mano de su largavista subiéndose al castillo de popa de acuerdo al permiso tácito que el capitán Van der Tulp -un flamenco afecto a las bebidas fuertes y de humor áspero pero sarcástico- parecía haberle otorgado desde que se le inscribió como pasajero en el rol del fluyt.

Lo que vio no le dijo gran cosa. Sólo las palabras de Van der Tulp, que también miraba por un largavista, le resultaron algo más esclarecedoras.

 -Es La belle nantaise. El cerdo de Mac Orlan estará disfrutando con la caza.

Andolín de Echave bajando su propio largavista miró al capitán en busca de una explicación algo más prolija. Van der Tulp no se hizo de rogar.

-Es un viejo conocido. Un escocés hijo de un perro y una bruja, mal parido a saber en qué zarzal. No sé cómo acabó en Nantes. Creo, según me dijeron, que fue por un escándalo en la guardia escocesa del rey en el que él, cómo no, estaba envuelto y del que sólo pudo salir dedicándose a la guerra de corso y a otras actividades de las que no tiene precisamente exacta noticia la Hacienda del rey de Francia.

Mientras hablaba, una nueva nube blanca se alzó en la proa de La belle nantaise y se alargó, deshecha por el fuerte viento, como si quisiera unirse a las algodonosas masas que veteaban un cielo de un azul algo pálido. El estampido del cañón y el impacto, que levantó una gran columna de agua a estribor del Saint Roch, fueron casi simultáneos.

Echave trató de sacar conclusiones demasiado rápidas sobre lo que estaba ocurriendo y eso le valió una de las sarcásticas sonrisas de Van der Tulp apenas empezó a exponer al flamenco cómo veía él la situación.

-Si doblamos la velocidad podemos dejarlo atrás. Tal vez así abandone la caza.

Van der Tulp sonrió de oreja a oreja, saboreando el momento, ajeno incluso al tercer cañonazo que acababa de asestar La belle nantaise contra ellos y que en ese momento hendía el aire para pasar, con un siniestro silbido, muy por encima de la antena del palo mayor del fluyt.

-Con el debido respeto a vuestra merced. Mac Orlan nunca se cansa de perseguir algo y no nos ha encontrado por mera casualidad. Hace dos días, por la noche, el serviola me alertó de que nos seguían. Casi como si supieran qué rumbo hemos tomado desde que salimos de Amberes… 

Mientras Echave se hundía en un estupor discreto y mudo, pensando en la situación, al mismo tiempo lógica y absurda, de un espía espiado por otros espías, Van der Tulp continúo exhibiendo sus amplios conocimientos sobre el corsario que les pisaba los talones.

-Mac Orlan no suelta una presa así como así. Menos aún así si ha recibido una buena bolsa de piezas de a ocho. Algo de lo que estoy bastante seguro, por el afán con el que se ha puesto tras nuestra estela desde que dejamos atrás la punta de Brest…

Como si el aludido quisiera dar la razón a Van der Tulp, un nuevo proyectil fue disparado desde uno de los dos cañones de caza de La belle nantaise. Esta vez pasó mucho más cerca del Saint Roch, rebotando sobre una ola que ladeó afortunadamente al fluyt, evitándole males mayores.

La sensación de peligro y fracaso tan cerca de conseguir su objetivo, irritó a Andolín de Echave, que pudo contenerse sólo a duras penas ante el sardónico fatalismo del capitán Van der Tulp que, sin embargo, seguía escuchándole  casi sin inmutarse.

-Mi misión es servicio del rey. No podemos ser capturados. Esto no es una mera cuestión de más o menos pendolaje, o de rescates pagados por el armador ni cosa parecida para recuperar el navío y la carga sin merma. Haga vuestra merced todo lo posible por sacar ventaja a ese corsario, mientras yo preparo las cosas de modo que esto no acabe en tragedia griega para todos. Los que mueran en el abordaje y los que les sobrevivan. 

Van der Tulp sonrió fríamente, como si quisiera demostrar que las veladas amenazas de Echave nada tenían que ver con él.

-Como desee vuestra merced.

Echave descendió a la cubierta principal sin dignarse a volverse mientras dictaba al capitán sus demandas más urgentes, aparte de la de poner tanto mar de por medio como fuera posible  entre el Saint Roch y La belle nantaise.

-Necesitaré al carpintero y a uno de los artilleros que os hizo embarcar como tripulantes el oficial del puerto de Amberes.

Mientras trataba de mantener el equilibrio sobre el puente para poder bajar al sollado, consideró que las órdenes que un malhumorado Van der Tulp se ponía a ladrar a su piloto y a varios marineros eran un “sí” a aquellas demandas a las que, como bien sabía Andolín de Echave, el flamenco no se podía negar en modo alguno.

Sintió algo de alivio mientras esperaba junto a la entrada del aposento del capitán -bajo el castillo de popa- la llegada del artillero y del carpintero, al notar la brusca sacudida con la que el Saint Roch trataba de ganar velocidad reorientando el rumbo y sus velas.

Rezó para que el fluyt ganase bastante velocidad antes de que se disparase un nuevo cañonazo. Si conseguían evadirse de su alcance durante la noche, el amanecer traería desagradables sorpresas para el escocés y su bella fragata nantesa. Echave estaba seguro de ello. Él, desde luego, como el corsario, no soltaría  a su presa hasta haberla derrotado de manera total y absoluta, consiguiendo así que el mensaje que había guardado celosamente durante todo el invierno de 1638 llegase a las mano y oídos a los que debía llegar.

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La sombra roja. Cuarto Capítulo.

Por Carlos Rilova Jericó.

La Roche-Bernard (Provincia de Bretaña). Comienzos de diciembre del año 1637.

Echave opinó que a Yann de Kerouac lo amparaba, sin duda, el mismísimo Diablo con el que tantas cosas parecía tener en común. El bretón detuvo con un rápido movimiento de su mano izquierda la estocada de relámpago que le había lanzado cuando dio por terminada la negociación con aquella hermosa mujer que, evidentemente, tenía intención de capturarlo vivo. La rapidez con la que Kerouac había echado mano de su daga, atravesada sobre su cinturón, realmente había sido sobrenatural. Sin embargo con el segundo golpe y la patada que Echave le lanzó no tuvo tanta suerte. Lo único que consiguió fue evitar que la daga de Andolín de Echave entrase de punta, aunque el corte sobre su hígado fue profundo. Tanto como el dolor que sintió en el estomago cuando entró en contacto con la suela de la gruesa bota de montar del vasco.

Lo que siguió a esto adquirió en la memoria de Echave la consistencia de un sueño pesado y mal recordado, días, incluso años, después de que tuviera lugar. Casi sin necesidad de que la mujer les hiciera ninguna clase de seña, los hombres de armas contratados para capturarle se echaron sobre él. Tal y como Andolín de Echave esperaba, los primeros en darle alcance fueron los que iban a caballo. A partir de ahí, las cosas salieron más o menos del modo en el que él las había imaginado. Con la daga en alto, hizo caer por tierra con un rápido movimiento de la muñeca la primera red  que le lanzó uno de los hombres a caballo. Al mismo tiempo, Echave atravesó a éste con la espada con una estocada que sabía era mortal de necesidad.

Después la suerte estuvo de su parte. El jinete se había  echado instintivamente hacia atrás, intentando hurtar su pecho a la espada. Eso hizo que su cuerpo agonizante cayese hacía atrás sobre la grupa del caballo, permitiendo a Echave saltar sobre la montura, tomar las riendas y hacerle dar la vuelta hacia los otros jinetes y los hombres que, pie a tierra, trataban de derribarlo del caballo y reducirlo por medio de las cuerdas y redes que portaban. La brecha que el viejo soldado había diseñado en su mente como la única vía de escape posible en aquella emboscada, se hizo realidad en cuanto descargó, también con una fortuna notable, las dos pistolas de Caballería que el jinete muerto había tenido la precaución -ya inútil para él- de montar sobre el arzón de la  silla que había ocupado Andolín de Echave tras despacharlo con aquella estocada verdaderamente afortunada.

El primero en recibir el disparo fue un hombre de a pie. El siguiente, prácticamente a continuación, uno de los dos jinetes que aún quedaban sobre sus sillas. Un mandoble de la espada consiguió apartar a los dos últimos hombres que cerraban el paso hacia el camino donde, bajo la claridad intensa de la luna, se dibujaba la posibilidad, cada vez más cierta, de escapar, de llegar a París y dar aviso al capitán Mendia de lo que había visto en la desembocadura del río y del modo en el que la reacción de los agentes franceses, que llevaban temiendo desde el inicio de la misión, se había concretado en algo tan contundente como aquella emboscada de la que intentaba huir.

Mientras picaba espuelas y hacia galopar al caballo por la tierra batida, después de trotar brutalmente sobre la arena seca, su mirada se cruzó durante un instante con los ojos verdes y densos de la condesa de Pemic. La mano derecha de Echave soltó durante un instante las riendas para poder coger y montar la pistola que llevaba atravesada en el cinturón desde el comienzo de aquella noche que, tal y como él temía, había acabado en traición y emboscada.

Por alguna extraña razón que nunca consiguió determinar, ni siquiera años después, llegado ya el día de su muerte, no tuvo fuerzas para servirse del arma contra aquella mujer de belleza fascinante, magnética. Y eso a pesar de que en el fugaz instante en el que su mirada se había cruzado con la de ella, la vio montar -con lo que parecía mucha práctica- una pistola de arzón, apuntarla  hacia él y tratar de causarle una herida no mortal -o al menos, eso le pareció a él-, una que lo mantuviese vivo el tiempo suficiente como para que el dolor y la agonía desatasen su lengua y ablandasen su voluntad.

Mientras se inclinaba sobre el cuello del caballo -que pronto demostró ser un animal brioso, a medida que el terreno bajo sus patas se hacía más compacto-, le pareció que la condesa de Pemic sonreía mientras afinaba la puntería de los dos disparos que, sin ninguna fortuna, hizo contra él.

Desde allí Echave no volvió la vista atrás hasta que calculó mentalmente que había pasado una media hora larga. En ese momento ya había ganado una de las sendas que conducía al camino principal hacia París. Fue entonces cuando su  instinto de soldado viejo le advirtió que ocurría algo raro en la persecución de la que, se suponía, formaba parte como perseguido.

El vacío y el silencio que encontró a sus espaldas a medida que iba sofrenando poco a poco el caballo, le confirmaron que, en efecto, algo no estaba saliendo como era de esperar en la situación en la que había quedado tras escapar de la celada de la condesa de Pemic. Eso, y la oportunidad de ofrecer algún descanso al animal, lo llevaron hasta un robledal cercano a la curva en la que había ido deteniendo la marcha del caballo.

Mientras recargaba las tres pistolas -la suya y las dos de Caballería que llevaba en el arzón el anterior dueño de su nueva montura- observó atentamente el camino contando hasta cien, luego hasta doscientos, trescientos -maldiciendo por haber rechazado comprar un reloj de faltriquera que le habían ofrecido a muy buen precio en Cádiz-, cuatrocientos y finalmente quinientos, que era el plazo que se había dado para arriesgarse a comprobar si los hombres de la condesa de Pemic le perseguían o, tal y como estaba empezando a temer, habían recibido órdenes de aquella misteriosa mujer para no hacer tal cosa.

La inquietud de Andolín de Echave fue aumentando bajo la fronda horadada por los rayos plateados de una luna que se agigantaba a medida que transcurría la noche. Ni siquiera la posición privilegiada que le daba su escondite, y la posesión de tres bocas de fuego potentes y bien cargadas, le tranquilizó lo más mínimo. Con un ojo puesto en el camino examinó al animal que le había llevado hasta allí. En parte para alargar un poco más la espera, aguardando a unos jinetes que debían atravesar lo poco que iba quedando de noche tras sus huellas, y en parte para comprobar si la bestia tenía alguna herida que le hiciera perder brío durante la cabalgada que estaba a punto de volver a retomar.

Fue entonces cuando se abrió con fuerza en su mente una idea aproximada de lo que estaba ocurriendo en realidad. El animal tenía todas las trazas de pertenecer a un hombre del rey, o de haber salido de una cuadra que pertenecía a alguien de esa categoría. Evidentemente, la mujer que lo había emboscado en la playa ganaba poco con enviar en su persecución a los hombres que habían sobrevivido a su fuga de aquella trampa tan bien urdida. Era mucho mejor mandarlos a las atarazanas y al pueblo de La Roche para allí dar la voz de alarma en nombre del rey, alegando que un salteador de caminos -¿o tal vez incluso se atreverían a decir que se trataba de un agente extranjero?- había atacado a un hombre del Muy Cristiano rey de Francia y de Navarra, robándole su montura tras dejarlo muerto.

Echave, sintiendo que la certeza más absoluta lo abrumaba, sintió vértigo mientras palmeaba afectuosamente el cuello del caballo, que piafó agradecido, golpeando con su casco delantero el suelo apelmazado por el frío. Tal vez para tranquilizarse ante el negro panorama que se abría repentinamente ante él, Andolín de Echave  habló al caballo a pesar de ser consciente de lo inútil del gesto

-Compañero, a estas horas los caminos principales a París estarán cortados, vigilados, o llenos de mensajeros que llevan de posta en posta la orden de detener a un hombre como yo y a un caballo como tú…

Mientras el animal cabeceaba como si simpatizase con las confidencias que su nuevo jinete le había hecho, Andolín de Echave se recostó contra el roble en el que había sujetado las riendas y reflexionó sobre lo que debería de hacer en las próximas horas mientras seguía vigilando el camino por el que había llegado huyendo desde La Roche-Bernard.

No podía volver a París -eso era evidente- para llevar a Juanes de Mendia las noticias que había obtenido con su pequeña aventura marítima de aquella noche que empezaba a tomar, a cada minuto, peor aspecto.

Tratar de enviar a otro mensajero que hiciera lo mismo por él era, además de casi imposible, demasiado arriesgado. Lo más probable era que su carta nunca llegase, abandonada por el mensajero de ocasión que, sin duda, olisquearía que Echave no estaba, precisamente, en condiciones de volver a pedirle cuentas de lo que había hecho o dejado de hacer con el encargo. Ese correo podía incluso convertirse, por azar o por sistema, en el hilo a través del cual se desenredase el ovillo que conducía tanto al capitán Mendia como al resto de la red que operaba en París al servicio del rey Planeta.

Echave se estremeció pensando en las consecuencias, casi seguras, de aquella arriesgada maniobra. La cabeza de todo quedaría en manos de sus enemigos, las cifras -en las que naturalmente tendría que escribir su mensaje- también serían capturadas y, con todo eso, los planes en los que entraba aquel Leviatán que había visto a punto de ser echado al mar con todos su aparejos en perfectas condiciones de funcionamiento, tendrían un éxito más que asegurado.

Y Echave sabía lo que había más allá de ese horizonte, como bien se lo había recordado Juanes de Mendia en la Place Royale, cuando habían provocado aquella reyerta para aproximarse a los agentes del cardenal: las fronteras de los Pirineos serían traspasadas por los ejércitos de la Muy Cristiana Majestad de Luis XIII. Y lo que venía con un ejército, cualquiera de ellos, lo sabía también muy bien Andolín de Echave. Bajo los pífanos y tambores y las banderas proyectando sombras de honor y gloria, habría saqueos, cosechas segadas apenas en flor, huertos tronzados, casas robadas y después incendiadas, mujeres asaltadas, ancianos y niños muertos, y, finalmente, la epidemia -de tifus, de vómito negro, de fiebre amarilla, de cosas aún peores…- para los que sobrevivieran.

Debía, pues, encontrar alguna solución mejor que la de tratar de hacer llegar su mensaje por otros medios que no fueran su propia voz. Así, Andolín de Echave pronto comprendió que lo que quedaba de la poca oscuridad que le ofrecía aquella noche de luna -tan favorable para otros trabajos-, tenía que ser aprovechado para al menos intentar abrirse camino hasta Flandes. Si alguna oportunidad quedaba de poder hacer llegar su mensaje a tiempo a alguien que pudiera poner remedio a lo que acababa de imaginarse, esa estaba en los dominios septentrionales de su católica majestad Felipe IV de Austria.

Con precaución, y encomendándose a San Martín mientras comprobaba una vez más el estado de las cargas de las tres pistolas que ahora le servían de compañeras de viaje, desató las riendas  del caballo de las ramas bajas del roble y se adentró de nuevo, con todas las precauciones posibles, en el camino que lo había traído hasta allí. Después dirigió al caballo a campo traviesa, fijando la ruta que iba a seguir desde ese punto por medio de las estrellas que aún titilaban en el cielo que se iba volviendo de un azul cada vez más pálido.

Como si se tratase de un aparecido que temiera la luz del amanecer, Andolín de Echave picó espuelas para adentrase en la siguiente arboleda que, confió, le conduciría lo bastante lejos del camino de París y lo bastante cerca del de Flandes. El mismo que, así lo había decidido por precaución -lo que se le había ocurrido a él, sin duda ya se le habría ocurrido antes a aquella mujer de mirada vivaz que lo perseguía-, no tomaría hasta que no le quedasen sino unas pocas toesas para atravesar la frontera entre Francia y las provincias flamencas del rey Planeta.

París. Madrugada del 16 de enero del año 1638.  Palais Cardinal.

La estancia apenas estaba caldeada a pesar de que los gatos, los queridos gatos, apenas si lo notaban, acomodados junto a la chimenea o acurrucados sobre diversas partes del lecho cardenalicio y otros muebles de los aposentos privados de Richelieu.

Ni siquiera la entrada más bien subrepticia de su amo, de regreso de una de sus sesiones de oración nocturna, los conmovió de una somnolencia que todavía no había sido despejada por el frío. Los animales, en efecto, se mostraron verdaderamente indiferentes hacia el cardenal y todos los rumores que rodeaban estas salidas nocturnas, que algunos no consideraban precisamente de carácter piadoso, sino más bien orientadas a fines más mundanos, relacionados con ciertas damas muy próximas a Armand-Jean du Plessis.

El cardenal sonrió benévolo ante la manada dulcemente dormida y decidió atizar él mismo el fuego, sin necesidad de llamar a uno de los sirvientes que debían velar por sus necesidades durante la noche.

Cogió con sigilo el hierro ennegrecido y meció con suavidad el rescoldo, hasta que su resplandor empezó a proyectar además de calor unas sombras angulosas y duras que hicieron que algunos de los felinos se desperezasen y bostezasen, complacidos por los solícitos cuidados que les proporcionaba aquel amo, tan inteligente que proveía todas sus necesidades incluso antes de que ellos se las tuvieran que demandar.

El cardenal empezó a tararear entre dientes mientras dejaba caer con sumo cuidado un par de leños sobre el rescoldo, para que fueran ardiendo lentamente. Sonrió al darse cuenta de que era una canción de cuna. Después, mientras se dirigía hacia el sillón de alto respaldo -también tapizado en púrpura cardenalicia- ante su mesa de trabajo, se reprochó aquella devoción hacia sus gatos, tan exagerada como para convertirse en un sentimiento paternal por criaturas que -discutía a menudo en su fuero interno al respecto- no tenían alma según la doctrina canónica de la Iglesia de la que él era príncipe y frecuentemente eran asociados con el Enemigo de la Humanidad

Para cuando llegó a la altura del sillón, esas divagaciones teológicas que, en realidad, le preocupaban bastante poco, estaban casi completamente disipadas y se ablandaron aún más al contemplar que, otra vez, dos de sus más queridos gatos, Felipe y Casandra, habían hecho mansión en el asiento, donde dormían ovillados y ronroneando plácidamente hasta que la voz del cardenal, meliflua, los fue despertando:

-Vaya, vaya, Felipe, Felipe Augusto y dama Casandra. Otra vez descubro que vuestro galanteo sigue a las mil maravillas. Nunca se os ve separados y menos a la hora de dormir. Debo sospechar, pues, lo peor: que os guardáis más devoción entre vosotros que Teseo y Ariadna…

La perorata humorística del cardenal se interrumpió por una risa que emergió de su pecho asténico con lentitud, y modulada en un tono muy bajo, cuando los dos animales bostezaron y se pusieron sobre sus cuartos traseros, despejando el asiento para su amo. Richelieu lo aceptó con gratitud, fingiendo una elaborada reverencia hacia los dos animales, que empezaron a buscar sitio sobre la mesa, cerca de las resmas y legajos de papeles y los mapas desplegados sobre la mesa. El cardenal, sentándose con sumo cuidado para no despertar un mal eco de su fístula, continuó la broma con los dos gatos

-Voy a sospechar que sois espías al servicio de nuestro primo, el rey de España y de las Indias. Siempre estáis cerca cuando me pongo a considerar los detalles de esa feroz invasión que proyectó sobre sus reinos peninsulares y que ha de llegar este verano, sin más tardanza. ¿Me equivoco?. ¿Debo llamar a la guardia?.

Los bostezos indiferentes de Felipe y Casandra ante aquella acusación, hicieron que el cardenal estallase en una sincera carcajada que, por un momento, le hizo olvidar los sordos dolores que achacaban aquel cuerpo cada vez más prematuramente envejecido.

-Está bien, no dudaré más de vuestra lealtad. Pueden vuestra mercedes mirar mientras trabajo.

El cardenal, después de aquella invitación, escribió poco sobre los papeles que tenía sobre la mesa. Quizás a causa de lo avanzado de la noche y del cansancio que ésta le había traído. Tal vez  por la desazón que, desde hacia días, le corroía, devorado por sus temores acerca del éxito que podía tener la invasión que en esos momentos proyectaba.

Sintiéndose seguro en sus habitaciones, se recostó sobre el respaldo del sillón y se permitió hablar en voz más o menos alta sobre sus preocupaciones, mientras garabateaba con un lápiz de plomo sobre una hoja suelta cerca de otra en la que había dibujado el perfil algo tosco de un mapa.

-Ganelon, Ganelon… Ganelon y Pinabel, y el señor arzobispo de Sourdis. En ellos está el éxito o el fracaso de esta invasión que debe franquear el paso del Bidasoa cuando la primavera termine.

Traidores, todos traidores, como lo indican el nombre de los dos primeros y la actitud que el tercero ha mostrado siempre hacia mí. ¿Quién puede confiar en un traidor?. Y sin embargo no tengo otro medio de servir a mi amo. Y siempre es así. Siempre es así…

Después de garabatear un poco más sobre el papel de manera desordenada, Richelieu suspiró y pensó en el peso duro y opresivo que la corona de duque y la púrpura de cardenal de Francia clavaban sobre sus estrechos hombros.

Apenas tuvo fuerza para echarse sobre el lecho después de arrojar al fuego el papel con los nombres de los traidores cuya lealtad tanto necesitaba, para que nadie estuviese al tanto de los resortes más secretos del plan que estaba ultimando. Especialmente los criados, a los que llamó para que le ayudasen a desvestirse, y el mensajero al que entregó un despacho destinado a Artur de Medoc con instrucciones precisas sobre lo que debía hacer con aquel John de Mount que había dejado a su criatura como un perfecto necio la última vez que se había encontrado con él, abandonándolo borracho como un estudiante novato en una oscura taberna en los callejones que bajaban al Sena frente a Notre Dame, y sin que le hubiera conseguido sacar a cambio ni una sola palabra ni tenderle la emboscada que él y Maurice de Tasac habían planeado contra aquel supuesto caballero inglés que, desde finales del año pasado, tanto inquietaba -como todo lo desconocido que aparecía de manera demasiado oportuna- a Armand-Jean du Plessis.

Con un nuevo suspiro de cansancio el cardenal se desplomó sobre la cama sin llegar a darse cuenta de que uno de sus criados, con el pretexto de ordenar los papeles de la mesa, había guardado rápidamente entre la ropilla y la camisa el folio que estaba justo debajo de la hoja sobre la que él había estado garabateando mientras se lamentaba de la lealtad de los traidores que le debían ayudar a romper las puertas del reino enemigo.

París. Amanecer del 16 de enero del año 1638.  Calles adyacentes al Palais Cardinal.

Mientras ganaba la calle apresuradamente, saliendo por el pasadizo lateral a las cocinas del palacio del cardenal, Corneille retorció entre las manos el papel sobre el que había obtenido el calco de las palabras que Richelieu acababa de escribir. A pesar de que no los podía ver de nuevo los dos nombres que había llegado a leer después de pasar sobre las marcas un fino carboncillo, restallaban en su recuerdo: “Ganelon” y “Pinabel”.

Lo que le había revelado hacía unas semanas su viejo amigo de los días en el Almirantazgo de Ruán -tal vez sin ser consciente siquiera de lo que estaba haciendo- se convertía así en una certeza.

Los dos agentes infiltrados por el cardenal en dos plazas fuertes capitales para la defensa de la frontera de los Pirineos, eran algo más que un simple rumor, una simple especulación, ofrecida por un funcionario que, quizás, sólo estaba tratando de darse una importancia que no tenía, revelando palabras sueltas, oídas aquí y allá, que, rodeadas convenientemente de un halo de misterio, podían darle ante los ojos de un profano alejado de los asuntos de Gobierno -como en ese momento lo era Corneille- una prestancia de la que, en realidad, carecía por entero.

Pero, aún así, la pregunta fundamental para Pierre Corneille seguía en el aire, flotando sobre él en la gélida atmósfera que subía desde un Sena que parecía ir a convertirse en hielo de un momento a otro: ¿quién, y dónde, se ocultaba tras esos dos nombres?.

A esa ignorancia fundamental, tan contraproducente para su venganza contra el cardenal, se iban sumando otras a medida que avanzaba sobre los sucios adoquines y buscaba, como podía, el refugio de las sombras contra los numerosos peligros que acechaban, para un hombre de su edad y su condición, detrás de cada esquina de aquel París nocturno, mal iluminado, lleno de caimanes y otros bandidos que, a veces, muchas veces, estaban uniformados y del lado de la Ley para poder delinquir mejor. Como lo demostraba el propio Armand-Jean du Plessis y muchos de los hombres de su guardia, poco más que hampones dispuestos a todo.

Para cuando llegó a la relativa seguridad de la calle cercana a su casa, Corneille se preguntaba, una y otra vez, cuáles eran esas fortalezas en los Pirineos. ¿Estaban en Cataluña?. ¿En las provincias de los vascos?. ¿Cuál era la misión de esos dos agentes bautizados con los nombres de los dos grandes traidores del poema de gesta dedicado a Roldán?.

Con un espasmo de angustia se dijo que sin respuesta para esas preguntas todo su designio se vendría abajo. El cardenal conseguiría lo que quiera que estuviera buscando y su poder se haría, así, más y más sólido. Algo que sólo podía ir en contra de él, Pierre Corneille, y de todos los que amaban al trono de Francia pero, desde luego, no por encima de la propia libertad. La misma que -no hacía falta ni mencionarlo- iba ahogando, de manera lenta pero segura, aquella gran sombra roja que se proyectaba sobre los dos reinos de Luis XIII desde los altos muros del Palais Cardinal.

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La sombra roja. Tercer Capítulo.

 

Por Carlos Rilova Jericó.

París. Finales de noviembre de 1637. Casa de la condesa Pemic.

La mujer sonrió, indulgente, al verse reflejada en el espejo. Cedió al primer impulso de complacer a su propia vanidad y se encontró hermosa y joven vestida, una vez  más, con las ropas de amazona que le habían sido de tanta ayuda tantas veces.

Después sintió que su ánimo se venía abajo, al recordar para qué se había vestido así. Se hizo a su propia imagen en el espejo un mohín encantador con sus labios pequeños pero carnosos. Después, sabiendo que estaba sola, habló en voz alta.

-Anniska, eres malvada. ¿Qué pensaría de ti esa pobre espía, el caballero Juanes de Mendia, que parece tan enamorado de tu linda persona, si supiera que tú, en realidad, no eres mademoiselle Fournas, una emigrada española, sino la condesa Anne de Pemic, agente al servicio de su majestad cristianísima Luis XIII?.

Sonrió feroz tras aquel monólogo frente al espejo y se miró una vez más, a sus anchas en la magnífica superficie azogada, robada en Venecia durante una de sus anteriores misiones.

Satisfecha con el resultado se dirigió a la cuadra para coger su caballo. Por el camino, mientras preparaba la bolsa con las armas que la acompañaba en esta clase de viajes, sintió algo parecido a la pena al volver a pensar en el capitán Mendia. Se dijo a sí misma, que, si era posible, no lo mataría. Al fin y al cabo, a ella también le gustaba y no deseaba perderlo. Ni aunque se lo pidiera aquella siniestra sombra roja que se cernía sobre Francia y su trono. No, ni aunque lo ordenase el mismísimo cardenal Richelieu. El compañero de su amante, aquel soldadote de apellido impronunciable con el que había visto a menudo a Juanes de Mendia, no tenía, en cambio, por que tener tanta suerte. De hecho, Anne de Pemic sabía bien que el viaje que emprendía tenía muchas probabilidades de acabar con la muerte, segura y cierta, de Andolín de Echave, especialmente si no conseguía enterarse de adónde conducían todas aquellas idas y venidas por París y fuera de París.

Mientras subía al caballo desde el estribo de piedra que había hecho construir en su modesto establo para facilitar la subida a sus dos únicas monturas, sin necesidad de recurrir a sirvientes, pensó que tanta crueldad daba la razón a los que allí, en Hungría, contaban historias raras sobre su familia. Aquellos feos chismes sobre vardulaks y revinientes que habían costado a más de un deslenguado una paliza a manos de los criados de su padre o un duelo en toda regla. Dependiendo del rango del ofensor.

Después, mientras cerraba las puertas tras sacar discretamente al caballo de la cuadra, sonrió pensando que, quizás, algo de razón llevaban los que esas cosas decían. Ella, se había escapado del palacio con aquel oficial polaco tan arrogante sin tener la más mínima intención de volver siquiera la vista atrás hacia aquella jaula de locos. Nunca jamás cambiaría la vida de aventurera que había llevado los últimos diez años por todo el oro de los Pemic del que por otra parte, como mujer, le tocaba muy poca cosa en la posible herencia. Suerte tendría si lograba mantener su título de condesa.

La  sensación de ser dueña de ella misma se acrecentó al talonear a su caballo para que cogiera el camino hacia la puerta de Bretaña, donde su salvoconducto real debía surtir efecto una vez más para llevarla, cuanto antes, tras los pasos de Andolín de Echave.

La Roche-Bernard (Provincia de Bretaña). Comienzos de diciembre del año 1637.

-Quiero verlo…

La voz de Andolín de Echave sonó amenazadora. Lo mismo que el gesto de su mano, aplomado sobre la empuñadura de su espada. Los hombres que tenía ante él, sin embargo, no parecieron afectados ni por la voz ni por el gesto.

Echave repasó los rostros que tenía ante él. Los tres parecían sacados de las mismas profundidades del infierno, de entre los condenados más contumaces y con más cuentas pendientes. El más feroz parecía el que siempre había llevado la voz cantante desde que entró en negociaciones con ellos en aquella taberna pedida sobre otro de esos monótonos acantilados negros que parecían ser el único paisaje posible en aquella costa atormentada. Quizás, pensó el vasco, era debido a la cicatriz de un jiferazo que le cruzaba la barba de la mejilla izquierda.

Andolín de Echave se descubrió, sorprendido, pensando en el modo en el que le habrían hecho aquella señal de por vida y la habilidad del que le había marcado la cara para dar semejante cuchillada.

La voz aguardentosa del marcado -decía llamarse Yann de Kerouac y era, cómo no, caballero a pesar de ir vestido poco mejor que un vagabundo- le sacó de aquellas meditaciones superfluas.

-El riesgo es mucho. Cualquiera que se acerca a ese barco puede darse por muerto si lo descubre siquiera el último de los guardias. Muerto o algo peor…

Andolín de Echave no quiso ceder al primer impulso, el de ofrecer más dinero a aquella canalla. Si lo hacía sabía que era carne muerta, que pedirían más y más hasta qué, probablemente, decidieran acceder por su propia cuenta a la fuente del dinero. Es decir, la bolsa de ducados que guardaba en uno de los bolsillos de sus calzones. Algo que, por supuesto, no iban a conseguir por las buenas y que, probablemente, dada la superioridad numérica y la suciedad con la que iban a jugar aquellos rufianes, tenía muchas probabilidades de acabar con él, Antonio Juan Bautista Baltasar de Echave muerto en el suelo, atravesado por varios golpes de espada y daga que, casi con toda seguridad, no iban a ser dados de frente.

Echave habló consciente de que en cuestión de horas su cadáver podía estar en el fondo del mar con un ancla atada a los pies para que nunca más se volviera a saber de él.

Hizo lo posible para que no le  temblara la voz, ni siquiera un sólo músculo, mientras se enfrentaba al jefe de aquella gallofa.

-Entonces, ¿qué vais a hacer?. ¿No os acomoda el trato que teníamos?. Si no lo vais a cumplir decidme al menos dónde hay hombres que estén dispuestos a llevarme hasta esa ensenada…

Mientras los miraba con un gesto desafiante, sin apartar la mano del pomo de la empuñadura de la espada, Andolín de Echave notó -con un alivio que le costó ocultar- que los hombres vacilaban. Incluso el harapiento hidalgo que hablaba por todos ellos. Antes de replicarle cambió, incomodo, de postura un par de veces. Miró a su alrededor, como si esperase que de entre los árboles cercanos al punto en el que hablaban fuera a surgir, volando por los aires, algún argumento que le permitiera darle una respuesta digna. O, al menos, algo que se le pareciera bastante.

Por sus palabras, parecía evidente que eso no había ocurrido ni iba a ocurrir. No al menos en ese preciso momento. Andolín de Echave decidió aprovechar aquella ventaja.

-¿Y bien?.

Las manos se crisparon sobre las espadas cuando el vasco ladró aquella pregunta, casi escupiéndola a la cara de aquellos que lo miraban frente a frente.

El bretón volvió a vacilar, pero al final se decidió a hablar con algo que intentaba parecerse a la firmeza.

– No podemos arriesgarnos por tan poco…

Echave escrutó otra vez los rostros que tenía ante él uno por uno. Era el momento de ceder, de llegar a algún acuerdo. Estaban exigiendo más dinero sin haber hecho todavía nada, pero habían dejado de estar seguros de que lo podrían conseguir sin ningún esfuerzo de aquel forastero. Andolín de Echave habló con esa seguridad, sabiendo que su nueva propuesta no iba a ser rechazada y menos aún a ser tomada como un síntoma de debilidad.

-Tres piezas más de oro por cabeza. Cuando hayamos vuelto a esta playa después de haber visto ese barco tan cerca como sea posible. Salimos hoy a la noche, dadas las nueve en el reloj de la iglesia del pueblo. La luna nos favorecerá…

Estuvo a punto de volver sobre sus pasos sin esperar la respuesta de la canalla que tenía ante los ojos. No tenía ya duda alguna de que iban a aceptar aquella propuesta. La voz quebrada del bretón se lo confirmó.

-Esta noche nos veremos aquí. A las diez y media. Será a las once cuando llegue el bote que nos acercará hasta la ensenada en la que ultiman al Couronne.

Andolín de Echave emitió un gruñido por toda respuesta y se despidió con un vago gesto de la mano que dispersó a los bretones en dirección contraria al punto hacia el que se iba a dirigir.

No pudo dejar de sentir alivio a medida que se alejaba de ellos. Había vivido demasiadas guerras como para que le asustase reconocer que sentía miedo, o que hubiera preferido no tener que hacer lo que debía hacer esa noche y menos aún en aquella compañía de la que sólo podía desconfiar.

Las horas que le separaban del momento en el que se debía reunir transcurrieron así lentamente para Andolín de Echave. Las pasó en la habitación de la posada en la que se alojaba, en un pueblo lo bastante lejos de la Roche-Bernard como para no atraer la atención sobre él. Se hizo servir comida y bebida en la habitación. Después durmió un rato para estar despejado para lo que pudiera ocurrir a la noche y tras eso se sentó a la mesa y limpió, cuidadosamente, las dos pistolas que iba a cargar bajo la capa. Una era de arzón y la otra común, aunque de un calibre respetable. Echave no pudo evitar sentir un picotazo de melancolía mientras limpiaba, cargaba y engrasaba con toda la precaución posible el mecanismo de rueda de la pistola de arzón.

Había intentado deshacerse muchas veces de aquella arma. Le traía demasiados recuerdos y ninguno bueno. Era botín de guerra de una de sus últimas campañas en Flandes, antes de que pasase a Cádiz primero y al servicio reservado del rey poco después, cuando esto le pareció mejor que su primer plan de enrolarse en alguno de los galeones de América como soldado de escolta.

Mirando la superficie gris metálico del cañón del arma, recordó la escaramuza en la que había caído en sus manos. Marchaba con un pequeño escuadrón en las proximidades de Breda, por una zona pantanosa muy próxima al Zuiderzee. El camino era bastante bueno, sin embargo. Unía Middelburg y Flesinga y de ahí se dividía en un doble ramal en dirección a la propia Breda y a Rotterdam.

Era el mes de abril y el sol ya empezaba a calentar con fuerza. Fue gracias a él al que la emboscada que les habían tendido los holandeses no surtió el efecto deseado. Un destello en el casco de cola de langosta de uno de aquellos soldados que les esperaban entre los carrizos, a mano derecha e izquierda del camino, les dio tiempo a desplegarse en perfecto orden de batalla. Con los mosqueteros en el centro y los piqueros al frente.

Ante eso fue poco lo que pudieron hacer los holandeses. De hecho, algunos volvieron grupas hacia el ramal del camino que llevaba a Breda. No les sirvió de mucho. Los primeros disparos de los mosqueteros los diezmaron, entorpeciendo con sus cuerpos y los de sus caballos la retirada de los otros, que no tuvieron más remedio que llevar a cabo el ataque a pesar de que se había ido al garete por culpa de aquel brillo indiscreto en el casco de uno de ellos.

La formación quedó rota pronto. Los piqueros arrojaron sus largas lanzas en cuanto vieron que el enemigo no tenía ya apenas espacio para cargar y echaron mano a dagas y espadas, algunos mosqueteros les siguieron sin que Andolín de Echave, que era el cabo de escuadra, pudiera evitarlo, ni viera razón alguna para ello o para dejar de hacer él otro tanto. Todo ocurrió en apenas unos diez minutos, en un instante muy breve, desde luego. Él saltó sobre el jinete que tenía más a mano después de ordenar a los mosqueteros que aún estaban en formación que mantuvieran las líneas y tuviesen las armas a punto para disparar en cualquier dirección. El enemigo sobre el que se lanzó, subido a aquella bestia, armado con media coraza y con el casco de cola de langosta, le pareció a Andolín de Echave formidable, gigantesco incluso. Cuando lo vio caído en tierra, con el casco arrancado de la cabeza por el forcejeo que habían sostenido, apenas pudo creer que fuera un muchacho de quince años. Rubio, con el pelo casi albino, lampiño.

Tampoco parecía que hubiera muerto con los pulmones atravesados por un golpe -duro, maligno, profesional- de la daga de Echave, que le había entrado por la parte que la media coraza no cubría. Justo en el momento en el que aquel mozo había sacado de una de sus fundas la pistola de arzón que le quedaba más a mano y la había intentado descargar tirando a bocajarro sobre la cara de Andolín de Echave. Fue así, unos diez años atrás, como se había hecho con aquella arma que ahora miraba con una mezcla de temor por aquellos recuerdos de mal presagio y de esperanza, confiando en que a él le fuera más útil, si era preciso -cosa muy probable teniendo en cuenta con quién se iba a juntar y el destino al que se dirigirían- de lo que le había sido a aquel joven soldado de la Caballería rebelde.

Hasta que sonaron las nueve campanadas en la iglesia más cercana -el momento que había elegido para ponerse en marcha hacia el punto de encuentro-, sólo pudo mirar, una y otra vez, aquella arma, aquel recuerdo de la muerte que llegaba de improviso, sin que se pudiera hacer nada para evitarla.

Sólo se libró -por necesidad- de aquellos pensamientos fúnebres en el momento en el que se bajó de su caballo en la playa que había sido señalada para la cita con los bretones.

De momento todo parecía ir bien, aparte de que la mar estuviese algo picada por  el mismo viento gélido del Noroeste que dispersaba las nubes permitiendo a la luna creciente iluminar con bastante claridad.

Eso y la embarcación era todo lo que necesitaba Andolín de Echave para conseguir la información que esperaba conseguir desde hacia días, casi semanas. Del resto ya se encargaría según fuesen desarrollándose los acontecimientos. No le causó muy buena impresión, en cualquier caso, que estuviesen allí los tres hidalgos -o lo que en realidad fueran- aguardándole con su aspecto patibulario. Era evidente que con uno de ellos -el que decía llamarse Yann de Kerouac- era bastante para ir hasta el Couronne y, evidentemente, ninguno de ellas hacia falta para manejar el pequeño bote que ya estaba aparejado, esperando sólo a ser empujado de nuevo al mar inquieto desde la arena en la que lo habían varado y a levantar su pequeña vela para cazar el viento y poner rumbo a la ensenada donde estaba todo lo que quería saber el curtido espía.

Mientras todo se disponía sin mayores ceremonias y entre sonrisas de serpiente por parte de los tres patibularios, Andolín de Echave volvió a recordar la pistola de arzón atravesada en su talabarte, debajo de la capa en la que se arrebujó para defenderse del viento. En ese momento ni siquiera sintió una leve punzada de remordimiento por el modo en el que se había hecho con ella.

Durante el viaje, que duró como una media hora larga, los mercenarios parecieron tomarse más en serio el trabajo de ganar las tres monedas de oro que Echave les había prometido. El balanceo del mar sobre las olas parecía calmarles y distraerles. El espía tuvo que reconocer que nunca los había visto en una actitud tan seria, casi propia de verdaderos nobles, como aquella noche, concentrados sobre el horizonte o sobre la superficie negra y plateada del mar. Echave se adormeció incluso al verlos así,  a pesar del vaiven sobre las olas encima de las que macheteaba la quilla del bote, llevado con mano firme por un viejo marino de gorro de lana rojo y un ojo tuerto y velado por una cuchillada que le cruzaba desde la ceja.

El sonido de la vela al ser arriada rápidamente y la voz de Kerouac le sacó de esa cálida duermevela en la que se había arropado bajo su capa de lanza azul claro.

-Está ahí…

Echave echó mano al largavista que hasta ese momento había mantenido ocultó en una pequeña bolsa de lona y lo desplegó intentando no perder de vista a sus incómodos compañeros de viaje. Trató, como cada vez que se había dirigido a ellos, de hablar con la voz pesada, aplomada, ocultando hasta el mínimo rastro de temor hacia sus intenciones.

-¿Es imposible  acercarse más?. Preguntádselo al patrón.

Echave siguió simulando mirar hacia la costa, alejada del bote como a la distancia de un tiro de mosquete, mientras percibía las miradas oscuras y torvas que se cruzaron entre los tres hidalgos bretones. La respuesta no le gustó nada. Yann de Kerouac asintió sin dificultad y se dirigió al patrón en aquella lengua que mezclaba algunas palabras francesas con una multitud de sonidos melodiosos y algo guturales propios del brezhoneg.

Que no pidieran más dinero por arriesgarse tan evidentemente sólo podía significar dos cosas: que estaban más que conformes con los seis doblones de a ocho que habían acordado como precio para sus servicios -tremendamente generoso teniendo en cuenta lo poco que pintaban en todo aquello los dos compañeros de Kerouac-, o que alguien les había pagado más por entregarlo.

Andolín de Echave, haciendo uso del pesimismo que le había salvado de más de una situación peligrosa por haber desconfiado de todo y de todos, apostó decididamente por esa última posibilidad. De momento, se estaban acercando a remo hacia la costa y estaba claro que no era allí dónde lo traicionarían por el sigilo con el que se hacía la operación, con las palas envueltas en trapos para amortiguar cualquier sonido y toda la tripulación de circunstancias agazapada cuanto les era posible contra las bordas y sin hacer el menor gesto o sonido que pudiera delatarlos.

El patrón se colocó tan cerca como le fue posible, al abrigo de unas rocas próximas a la desembocadura donde el Couronne aguardaba a un acontecimiento futuro sin duda de proporciones tan inmensas como su propia envergadura.

Echave, ahora que estaban situados a la distancia de un tiro de pistola -casi se podían oír con claridad las voces de los guardias y de los hombres que se afanaban en torno al gigantesco barco-, lo contempló asombrado a través del cristal del largavista. Desde donde estaban se podía apreciar toda la amura de babor del barco. La altura desde la parte donde se hundía el casco en las aguas del estuario del río. También podía apreciar, como si fueran los dientes de una criatura formidable y feroz  algunas de las bocas de artillería que asomaban por las portas. Aún sin todas las piezas montadas Echave calculó con un escalofrío de terror toda la potencia que aquel leviatán podía desplegar contra otros barcos, o incluso contra un puerto o una villa fortificada. Como Fuenterrabía. O Guetaria… que, por cierto, eran las que quedaban más a mano del derrotero que seguiría ese monstruo en cuanto estuviese perfectamente aparejado para hacerse a la mar. Un momento que no podía estar muy lejos en el tiempo, como dedujo Andolín de Echave, pasando y repasando el largavista sobre aquella inmensa mole de madera, cordajes y lona  que se mecía sobre las aguas oscilantes del estuario.

Las voces le sacaron de ese estado casi ensimismado mientras se detenía en la figura que iba a hacer las veces de mascarón de proa. Era la parte más llamativa del Couronne junto con los grandes faroles -tres, de gran altura y volumen- situados en su castillo de popa. Se trataba de un muchacho que cabalgaba sobre una especie de gran riel bajo el bauprés de la nave. Le recordó a los espolones que usaban los romanos en sus propios barcos, utilizados para romper la línea de flotación de sus enemigos.

No pudo apreciar más porque un primer disparo, acompañado de maldiciones y de órdenes un tanto confusas, impactó en la borda del bote.

Después de eso sólo pudo sujetarse cuando el patrón izó la vela con una rapidez pasmosa y cazó el viento que los iba a sacar de allí con la misma facilidad que si lo hubiera llevado encerrado dentro de un saco.

Unos reflejos que los salvaron de una muerte casi segura, como dedujo Echave de la descarga de mosquetería cerrada que desde lo alto del acantilado fue a dar sobre el punto en el que un momento antes habían estado.

Esa rapidez de maniobra también les permitió esquivar el cañonazo -de pequeño calibre, quizás hecho con un esmeril de mano-  que levantó una pequeña columna de agua a popa del bote que, macheteando otra vez la mar picada, se adentraba más y más en la oscuridad, con la proa puesta hacia Inglaterra.

Kerouac miró hacia atrás con preocupación y cambió una seña de inteligencia con el patrón que no pasó desapercibida a Echave. Supo, por la sonrisa de zorro con la que le regaló el bretón, que ahora empezaban sus verdaderos problemas, que no eran, precisamente, los de huir de la guardia del que, sin duda, iba a ser, el buque insignia de la flota  del cardenal Richelieu -aquella sombra roja que cubría toda Francia y parte de los mares que la rodeaban-, sino, sencillamente, seguir vivo las próximas horas.

Al principio pensó que Kerouac y sus secuaces lo matarían allí mismo, las palabras del bretón, sin embargo, le indicaron que lo querían vivo. Al menos de momento.

-Volvemos hacia la costa dando un rodeo. No nos perseguirán. Seguramente pensarán que éramos contrabandistas…

Echave, preparándose para lo que quiera que fuera a ocurrir en el momento en el que desembarcasen, se limitó a asentir de manera neutra.

No volvieron a cruzar más palabras, ninguno de ellos, hasta que el patrón  acercó el bote a la misma pequeña ensenada de la que habían salido como una hora antes.

Fue entonces cuando Kerouac saltó a tierra rápidamente seguido de sus dos secuaces. Sus espadas y dagas salieron de las vainas casi con la misma rapidez y formaron un cerco amenazante contra Andolín de Echave que quedó sólo frente a ellos, con el mar a sus espaldas sobre el que corría, como si le persiguiera el diablo, el bote, huyendo de lo que pudiera pasar una vez que el hombre que tenía la suerte en contra -es decir, el que estaba solo frente a los otros tres- perdiera la vida.

Kerouac no dejaba de sonreír mientras le hablaba con la espada en la mano.

-Bueno, señor. Este es el final del camino. Alguien nos ha pagado treinta monedas de plata para que entreguemos a vuestra merced en sus manos.

Como si las risas groseras de  Kerouac y los suyos ante aquel chiste blasfemo fueran una especie de señal convenida, justo en ese momento apareció de entre las sombras una hermosa mujer. Era rubia, de rasgos decididos pero al mismo tiempo delicados, y Andolín de Echave reconoció que el traje de amazona que vestía le sentaba muy bien, realzando unas formas que intuyó perfectas y deseables bajo la ropilla. La seguían al menos diez hombres de un aspecto sólo un poco mejor que Kerouac y sus bandoleros. Unos iban a pie armados con estacas y otros cuatro a caballo con redes atadas al pomo de sus sillas de montar.

Sin que la mujer le hubiera dicho nada, Echave supo que le querían, en efecto, vivo y que Kerouac y los suyos sólo habían sacado las armas por miedo a él, o por simple bravuconería, más que porque hubieran recibido órdenes de matarle.

La sonrisa de la mujer, calmosamente perchada en su silla de montar, brilló como una ristra de perlas a la luz de la luna mientras le hablaba en un perfecto español.

-Caballero de Echave. No quiero su vida. Sólo cierta información. Le queda a vuestra merced únicamente el mar a las espaldas aparte de su daga y su espada. Si las rinde nada le pasará…

Después de una corta pausa añadió con un gesto equívoco la que Echave sabía era su última oferta.

-Vuestra merced y yo podríamos llegar a alguna clase de acuerdo.

Echave negó con una sonrisa salaz, con la que parecía pedir disculpas por no aceptar aquella oferta que le había encendido la sangre al pensar en algunas de las posibilidades de ese acuerdo que, sin embargo, sabía era una falsa oferta, un señuelo para que no complicase las cosas. Poco más que una sentencia de muerte prorrogada.

-Vuestra merced me disculpará si rechazo su oferta. No es por descortesía. Es que no me fío de vuestra merced a pesar de que vuestra belleza me ha hechizado. No tome vuestra merced a mal, por tanto, que este caballero, que ya es devoto vuestro desde hoy, se bata hasta la muerte.

La mujer sonrió con verdadero agrado antes de hacer chascar sus dedos para que los hombres que la acompañaban cargasen sobre Andolín de Echave en masa, todos a un mismo tiempo, tratando de abrumarle con el número.

El viejo soldado arrojó su capa sobre la arena húmeda con la misma rapidez con la que desenvainó su daga y su espada. Sabía muy bien como iba a salir de aquella emboscada. Tan cierto como el recuerdo de los tambores de guerra que resonaban, otra vez, como en Flandes, en su memoria y como la estocada de relámpago que lanzó contra Kerouac antes de que el bretón supiera lo que se le venía encima.

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La sombra roja. Segundo Capítulo.

Por Carlos Rilova Jericó.

Palais Cardinal. Noche del 15 de noviembre de 1637.

Mientras los ecos de la viola de gamba se arrastraban por las paredes y los techos de la estancia oprimida por la presencia del cardenal, Maurice de Tasac, se removió inquieto junto al sillón en el que reposaba Richelieu, aparentando una tranquilidad que también estaba lejos de sentir.

El cardenal, sin dejar de contemplar a los cuatro músicos que atacaban aquel nuevo estilo tan marcial -¿cómo lo había llamado aquel maestro italiano que dirigía el grupo, el signor Monteverdi?, ¿concitato?-, sonrió al sentir la inquietud de su criatura y el silencio impávido, brutal, de Artur de Medoc. Uno que el clérigo no sabía si obedecía al estupor o la necedad innata que siempre había atribuido a ese caballero cabeza de trueno, bueno para dar estocadas y poco más, pero nada sutil. Aún calibrando y estudiando mentalmente los ánimos de sus dos criaturas, Richelieu decidió hablar suavemente para no romper la concentración de los músicos.

-Y, decidme, Tasac… ese caballero que tan providencialmente apareció durante vuestro eh… ¿duelo? en la Place Royale… ¿era inglés?.

Tasac sintió cómo involuntariamente se mordía los labios y creyó percibir una sonrisa socarrona por parte de Artur de Medoc de la que juró vengarse en el momento oportuno.

-Así es eminencia y…

Antes de que pudiera decidir si podía dar por terminada la frase, Tasac volvió a ser interrumpido por una nueva pregunta del cardenal.

-Pero es católico, ¿no?

-Así es, eminencia…

Richelieu no pudo evitar sonreír con sinceridad ante las mecánicas respuestas de Tasac y decidió hacer, a su costa, un pequeño juego de ingenio.

-Pero señor de Tasac, cualquiera podría pensar que no tenéis nada más que decirme… que habéis aprendido esas tres palabras, “así es, eminencia”, del mismo modo que algunos marineros enseñan a hablar a esas aves que traen del Caribe. Por Dios, algo más habréis sacado del tumulto que ayudasteis a formar en la Place Royale, ¿o yo me engaño?.

Maurice de Tasac sintió que enrojecía hasta la raíz del cabello y que sus manos sudaban en contacto con el fieltro del sombrero chambergo que sujetaban desde que había entrado en los aposentos del cardenal. No se le pasó desapercibida la sonrisa mefítica, ya sin apenas disimulo, que ante sus apuros esbozó Artur de Medoc, alentando así aún más sus deseos de ajustar cuentas con aquel socio que, últimamente, empezaba a ser más molesto que útil.

-Eminencia, con vuestro permiso… el hombre, John de Mount, dijo ser un recusant… es decir, uno de esos caballeros católicos ingleses que no han renunciado a la que ellos llaman la antigua fe y sufren toda suerte de vejaciones y persecuciones por esa causa…

De Tasac se interrumpió al ver que la cabeza de pelo castaño entreverado de algunas vetas grises, y cubierta con el capelo rojo de cardenal, asentía con parsimonia ante aquel discurso.

-Y sin embargo, decís que los que le acompañaban, parecían ser hugonotes gascones renegados…

La mirada del cardenal se volvió como un rayo sobre Artur de Medoc que, para regocijo íntimo del caballero de Tasac, palideció como si sufriera un súbito ardor de estomago. Una alegría que estuvo a punto de estallar en una carcajada incontenible cuando el cardenal dirigió su siguiente pregunta, con un tono acerado, a Artur de Medoc.

-¿Qué opináis vos, sieur de Medoc?. Conocéis bien a esa mala ralea, ¿no es así?.

El aludido paseó los ojos inquietos dentro de sus órbitas, como si ahora fuera él el que no sabía qué hacer con las manos o dónde poner la mirada en aquella vasta sala, llena de ecos de unas violas de gamba que trataban de imitar los ruidos de un campo de batalla. Cuando por fin logró saber qué iba a responder, sintió la boca inoportunamente reseca. Algo que engoló su voz, ya de por sí habitualmente engolada.

-Eminencia… sé de esos asuntos lo mismo que cualquier buen cristiano… pero sí, yo diría que sí, que lo eran. Por el acento, por las maneras, aunque todos vestían a lo soldado y se les veía hombres con vida hecha en alguna ciudad o villa más o menos grande…

El cardenal cortó con su gélida mirada las divagaciones de Artur de Medoc. Sin apartarle los ojos de encima continuó interrogándole.

-¿Qué ciudad o qué gran villa?, ¿Burdeos?, ¿Bayona?, ¿Londres?, ¿o quizás Sevilla?.

Artur de Medoc y Maurice de Tasac se miraron asombrados ante las palabras del cardenal, reencontrándose en una suerte de sentimiento fraternal algo resentido en los últimos días y, en especial, a lo largo de aquella tensa entrevista con el primer ministro de Francia. Los dos se preguntaron, sin palabras, qué pretendía decir su amo con aquella insinuación respecto a Sevilla, una de las más grandes y poderosas capitales del archienemigo, del rey Planeta, Felipe IV.

Richelieu sonrió al comprobar el efecto que habían tenido sus últimas palabras sobre sus dos criaturas y adoptó un tono más benevolente para ir dando por terminada aquella  pequeña audiencia, convocada para saber los últimos detalles inquietantes de lo que había ocurrido, ocurría o estaba por ocurrir en las calles de París.

-Os decía esto, sieur de Medoc, para que recordéis estar alerta en contra de falsas apariencias. Algo, que, por supuesto, también os recomiendo a vos, caballero de Tasac. Bien sabéis que es una virtud incomparable para los que se manejan en negocios de estado… eh, digamos delicados. Como es vuestro caso y el del sieur de Medoc…

Complacido por la transpiración fría que creyó adivinar en la frente de al menos una de sus criaturas, el cardenal decidió dar por acabada la reunión con una ligera advertencia que sabía surtiría efecto en aquellos dos hombres.

-Averiguad si me pudo servir de ese renegado. En caso contrario… bien, en caso contrario, no es necesario que os diga nada más.

Como si el cardenal lo hubiera calculado metódicamente, justo en ese momento resbaló por última vez el arco sobre las cuerdas de las violas de gamba y Richelieu se incorporó de su asiento con un ligero esfuerzo que, sin embargo, no le impidió batir palmas y dirigir un más o menos sincero “Bravíssimo” a los músicos. Estos se inclinaron casi con tanta unción como lo hicieron Maurice de Tasac y Artur de Medoc mientras salían por las puertas dobles, abiertas por un lacayo que sabía, perfectamente, cuándo su amo quería invitar a alguien a marcharse de sus aposentos tras haberlo instruido, sin dejar lugar a dudas, sobre lo que quería que hiciera.

En algún punto desconocido del centro de París. 25 de noviembre del año 1637.

Juanes de Mendia bebió un largo trago de chacolí de Burdeos, paladeando el sabor ácido y dulzón del caldo que, sin embargo, apenas sí le recordaba al original al que se había acostumbrado a beber, desde joven, en Guetaria.

Sí disfrutó, en cambio, de la visión del cuerpo de la mujer tumbada sobre la cama en desorden. Estaba completamente desnuda salvo por algún retazo de la sabana que la cubría desigualmente. Le recordó a una Venus que hubiera hecho feliz a más de un pintor o escultor.

Sonrío al pensar que el modo en el que su amante se había tapado y destapado mientras dormía podía calificarse de casi providencial. Sus piernas, delgadas y bien torneadas estaban completamente descubiertas por la sabana y eso le permitía contemplarlas a placer. La espalda también estaba descubierta allí donde los mechones de la melena de color miel no la tapaban.

Después de un segundo trago servido directamente de la botella a su boca, sin que el vaso pudiera actuar como intermediario, el capitán sintió que el deseo volvía a despertarse en su bajo vientre y se aproximó a la mujer, dispuesto a despertarla y tomarla de nuevo.

Ella se despejó a medias, y sonrió anticipando lo que iba a suceder. La voz del capitán Mendia sonó algo ronca. En parte por el chacolí de Burdeos y en parte por el deseo que se iba a apoderando de él, a medida que se aproximaba a la mujer y se despojaba de su camisa de dormir para volver a sentirla cerca de él, sin nada que se interpusiera entre ellos dos.

-Mademoiselle Fournas, je reviens dans vos bras…

La sonrisa perlada de ella se hizo más amplía mientras le respondía en un castellano más que correcto, apenas modulado por la “erre” fuerte tan característica del francés. La misma que Juanes de Mendia nunca había logrado imitar con tanta perfección como su amante, que podía pasar perfectamente por una francesa nativa, a pesar de -eso decía ella, al menos-  haber vivido toda su vida a caballo entre Valladolid y Madrid.

-Bravo capitán, jamás os rendís, ¿no es verdad?.

Mendia cayó suavemente sobre ella y se sintió aliviado por el calor de aquel cuerpo bien conocido.

La molesta interrupción que sufrió con los golpes que se estrellaron contra su puerta, sin embargo, lo enfrió pronto.

A la primera sensación de alarma, que le llevó casi a abalanzarse sobre la espada apoyada contra una silla, siguió la calma al reconocer la clave -dos golpes largos y uno corto- convenida con el mensajero que regularmente le traía noticias hasta aquel refugio secreto, desconocido incluso por los hombres bajo sus órdenes.

La mujer lo miró con un mohín de contrariedad mientras el capitán se levantaba de la cama, volvía a cubrirse con la camisa de dormir y se agachaba para recoger la carta que el mensajero había desplazado rápidamente por una abertura discretamente practicada entre dos intersticios de la puerta. Era un mensaje de Andolín de Echave que lo convocaba, con urgencia, a una cita en el punto convenido de antemano para informarle de sus averiguaciones respecto al asunto que les ocupaba.

La voz de su amante sacó a Juanes de Mendia de esa discreta distracción mientras sopesaba el papel en la mano, como si estuviera hecho de algún metal precioso que quisiera calibrar:

-¿Os debéis ir, capitán?.

Antes de responder, midiendo, como siempre, sus palabras, Juanes de Mendia supo que ya conocía perfectamente la respuesta a esa pregunta.

Mendia mintió a sabiendas, mientras se iba vistiendo con más prisa de la que le hubiera gustado mostrar.

-Será sólo por un breve tiempo.

La señorita de Fournas, apenas cubierta por su sabana, lanzó sobre el capitán Mendia una de las almohadas de la cama para darle a entender que no había creído aquella verdad a medias.

Mendia salió a la calle con precaución. Con una mano prevenida sobre la empuñadura de la daga que llevaba atravesada sobre el lado derecho del cinturón del que colgaba el talabarte de su espada. Un gesto instintivo, aprendido durante años de guerra y de reyertas en grandes ciudades como Londres, Madrid, Barcelona, Roma o el mismo París.

Sabía de muchos -soldados, o agentes como él lo era ahora mismo- que habían caído en una emboscada nada más trasponer el umbral de las casas o posadas en las que se alojaban. Contra eso el único remedio era tener la daga a mano, lista para desenvainar y hundir el filo en el cuerpo del primero que se acercase a una distancia mayor que la de un brazo extendido y armado. Esa precaución sólo la superaba una pistola bien cebada como la que también se ocultaba entre los pliegues de la capa azul acero con la que Juanes de Mendia se defendía del frío de aquella mañana de otoño de París, descansando sobre sus riñones con un peso que le confortaba, bien oculta y disimulada a la vista de todos.

Su mano se fue destensando sobre la empuñadura de la daga a medida que subía por el sucio empedrado, lleno de restos de verduras -que algunos cerdos saboreaban con poca exquisitez y mucho gruñido-, polvo, restos de comida, y, en general, una amalgama difícil de identificar y poco agradable de ver y oler, que le hizo añorar la presencia de los basureros que periódicamente aliviaban un tanto aquellos depósitos inmundos con tendencia a formarse en cualquier esquina al menor descuido de los prebostes que regían París.

De momento, aquellos olores nauseabundos parecían ser el único enemigo a la vista. Quizás por eso le sorprendió tanto la chusma de mozalbetes sucios y desarrapados que se le echó encima justo cuando subía hacia uno de los puentes que lo debían conducir al otro lado del Sena, más allá de la mole siniestramente imponente del Châtelet.

La mano volvió a crisparse sobre la empuñadura de la daga. Aquellos mugrientos pedigüeños que hasta entonces se habían conformado con prestar su atención a uno de los depósitos de basura, podían ser el preludio de un ataque concertado desde dos o tres puntos distintos de aquella calleja oscura.

Juanes de Mendia sólo volvió a aflojar la mano sobre la daga cuando el golfo que parecía más mayor le deslizó rápidamente un billete, trabajosamente doblado, en la mano izquierda y añadió una fugaz seña de inteligencia en el momento preciso en el que el capitán le clavó los ojos, como un rayo, dispuesto, si era necesario, a apuñalarlo en mitad del corazón al menor gesto hostil por su parte.

Como si fuera una señal convenida, aquella canalla se disolvió rápidamente apenas el muchacho dejó la nota en la mano de Juanes de Mendia. El capitán aprovechó para deslizar el billete en uno de sus bolsillos simulando que buscaba su bolsa de dinero, más que posible víctima de aquellos inmundos rateros. Sabía que no debía abrir inmediatamente aquel papel. Por instinto y por oficio. No tenía ninguna garantía de que no le estuvieran siguiendo y observando, tomando nota de todo lo que hacía, de todo lo que decía y de todo lo que le ocurría. Una sospecha habitual en él, alimentada por sus doce años como espía al servicio de la Corona que le alertaba ahora de que un papel entregado con tanto secreto sólo debía abrirse también con mucho secreto. O al menos de una manera que no permitiera ni siquiera sospechar que estaba leyendo un secreto.

Eso significaba, necesariamente, que se debía sentar en la taberna que quedase más a mano y, mientras bebía y comía algo, sacar el papel doblado y sellado de su bolsillo, abrirlo casi con indiferencia y leerlo con cara de aburrimiento, dijera lo que dijera. Como si llevase varios días esperando a tener un momento libre para dedicarle atención a algo que, evidentemente, no parecía ser un asunto urgente o grave.

“El doblón de oro” le pareció el lugar ideal. Era un establecimiento relativamente decente, frecuentado por comerciantes que tenían almacén y casa abierta en las cercanías de los muelles del puente nuevo, y muy poco visitado por caimanes y otra baja ralea que llevaban los problemas cosidos a sus harapientas capas y a sus oxidadas dagas y espadas. Las comodidades de aquel local tolerablemente bien administrado por una viuda bretona y sus tentadoras hijas -rubias y de piel cremosa, a juego con unos bellos ojos azules que parecían desprender una luz gélida-, llegaban incluso hasta el punto de que tenía retrete cerrado en el patio trasero de la casa. Por lo tanto, a diferencia de lo que ocurría en otras tabernas y posadas, no había que soportar en él la molestia y el olor de los que se aliviaban en las alcantarillas abiertas dentro de la sala común.

En esa relativa paz, el capitán Mendia pidió a Odile, la más joven de las dos hermanas -y su favorita- una jarra mediada de Borgoña negro que acompañó con un poco de jamón de Bayona y ese queso tan cremoso y pálido, tan distinto a los que le habían acostumbrado a comer cuando era niño en aquel mundo fantástico y ahora perdido de aquella villa, San Sebastián, que bien podía ser para él tan mítica como las siete ciudades de oro de Cíbola o Golconda al haber quedado muy atrás en sus recuerdos, después de los días trepidantes que había vivido durante los últimos veinte años.

Saboreando el Borgoña, y sin dejar de simular una indiferencia total, rompió el lacre con ayuda del filo de la daga. El contenido de la carta, tal y como ya esperaba, le pareció pasmoso, inquietante, pero la sonrisa indiferente que había adoptado ante aquel papel grueso, de calidad, no se alteró lo más mínimo. Como el gesto miope, como si le costará leer aquellas líneas, con el que miraba a aquel cuadrado blanco que tenía entre las manos.

El texto era breve pero muy claro. Estaba escrito con unas letras nerviosas y picudas. Casi con toda seguridad fingidas para no revelar nada sobre el autor anónimo que las había escrito. Decían que desconfiase del primer mensaje que había recibido esa mañana, que Andolín de Echave -aunque no lo llamaba por su nombre lo describía con bastante exactitud- no le esperaba en el punto que habían convenido. De hecho, según sabía el misterioso autor de la carta, no estaba ni siquiera en París. Según le habían dicho, había salido dos días antes de la villa por la puerta que conducía rumbo a Normandía.

Después de eso, la carta no decía mucho más. Poco, desde luego, que el capitán no supiera ya. Sólo que desconfiase especialmente de ciertos caballeros apellidados Medoc y Trasac -evidentemente el anónimo había transcrito mal el apellido de Tasac, quizás a sabiendas, para disimular aún más su verdadera identidad- y que destruyese esa página inmediatamente después de leerla. Una precaución que, desde luego, el capitán Mendia no se iba a hacer repetir dos veces por aquel que firmaba aquella carta de aviso como “un bienhechor vuestro”.

La voz de Artur de Medoc, rasposa, cargada de mala intención bajo un falso buen humor que no presagiaba nada bueno, estuvo a punto de sorprender a Juanes de Mendia, incluso sobresaltarle, justo cuando se preparaba a poner fin a aquella carta comprometedora.

-Vaya, a quién tenemos aquí y a tales horas. El señor John de Mount…

El capitán saludó amistosamente, fingiendo una sorpresa feliz con una leve inclinación de cabeza, que estaba muy lejos de sentir, y continuó arrollando el papel para formar con él una especie de tubo que prendió en su manga izquierda mientras cargaba de tabaco su pipa con toda la calma que podía aparentar. No se le escapó que los ojos del gascón miraban con una rápida y mal disimulada avidez a la hoja enrollada, esperando para servir de cerilla.

Era evidente que no había llegado hasta allí por casualidad y que, si le era posible, trataría de hacerse con la carta y su contenido. Sus palabras fueron inequívocas a ese respecto:

-¿Va a fumar vuestra merced?. Bien está. Dicen que es de lo más saludable, para elevar el espíritu y despejar la respiración de humores pútridos… Pero no creo preciso que sacrifique una hoja de tan buen papel para cebarla. Precisamente yo llevo aquí eslabón y pedernal que…

El capitán Mendia no dudó en interrumpir a Medoc con el más amistoso de sus gestos y la más cálida de sus sonrisas.

-Téngase vuestra merced, Artur. Sabed que algunos de mis factores comercian habitualmente con papel, y éste no es una gran pérdida para mí. Es sólo una muestra de una resma que no tengo intención de autorizarles a comprar y negociar y así está muy a propósito para encender mi pipa. ¿Quiere, por cierto, usarced?, me lo han traído especialmente de las Américas de la colonia de Virginia…

Los ojos de Artur de Medoc se extraviaron fugazmente tras el papel mientras era cebado en la chimenea para dar lumbre a la pipa de Juanes de Mendia que miró al gascón satisfecho agachándose sobre la sobada madera de la mesa como para hacerle la confidencia de un gran secreto.

-Me lo traen… el tabaco… hasta París gracias a unos muy buenos contrabandistas de Cornualles.

Mientras volvía a sonreír como si lo que acababa de contar fuera sólo una travesura, el capitán creyó oír un disimulado suspiro, escapado entre aquellos labios finos y crueles que destacaban entre la barba entrecana de Artur de Medoc, al mirar cómo se consumía el resto del papel arrojado a las llamas de la chimenea tan de agradecer en aquella mañana helada de noviembre del año de gracia de 1637.

Casi tan gélida como la mirada glauca que el gascón le lanzó por encima de una sonrisa que pretendía ser amistosa para iniciar una conversación con la que sonsacar a aquel hombre que tenía ante él, que decía ser inglés, para saber si podía ser útil a su amo vivo o debía serle igual de útil muerto.

Unos pensamientos muy parecidos a los que formulaba en ese momento Juanes de Mendia mientras trataba de disfrutar del humo de su pipa y de la nueva jarra de Borgoña negro que se había hecho traer para convidar, también amigablemente, a la criatura del cardenal Richelieu.

Casa de Pierre Corneille. Esa misma mañana.

A solas, Pierre Corneille, se dejó llevar por sus pensamientos melancólicos. Ese humor se apoderó de tal manera de él que incluso pensó en mandar que le hicieran una sangría para que la linfa negra saliera de sus venas y así su espíritu pudiera elevarse de sus pesadumbres.

Pierre Corneille miró distraídamente sus zapatos de lazada grises, sus medias amarillas  y su calzón de un negro purpúreo, a juego con su ropilla. Después sus ojos se entretuvieron hastiados en los pulcros puños de la camisa, blancos y resplandecientes. Tanto como la valona sobre la que caía su melena gris, algo grasienta y rala.

Sintió que esas prendas le pesaban como si estuvieran hechas de plomo. Oyó con verdadera congoja la música que ensayaban en la casa frente a la suya a pesar de que ésta, era evidente por las risas de los hombres y mujeres que se disponían a atacar la pieza, debía ser bastante vivaz y alegre.

Sabía que la pena que sentía pasaría pronto, pero, como hombre que vivía de representar dramas en la escena, observó su pena con atención -casi con delectación- para sacar de ella algo que le pudiera ser útil en alguna de las obras que tenía pensado escribir en el futuro.

Sus labios, al poco rato, se movieron imperceptiblemente, pero con cierta violencia. Entre ellos escaparon las palabras “¡traidor!, ¡traidor!”. Como si con esa repetición pretendiera conjurar el mal de conciencia que lo devoraba por dentro.

Finalmente se atrevió a soltar la afirmación que le quemaba en lo más íntimo, pero en voz lo bastante baja como para que nadie más lo oyera.

-Yo, Pierre Corneille, soy un traidor.

Al poco rato, como si esa confesión le hubiera librado de un gran peso, rió y comenzó a recapitular, en un largo monólogo interior, los acontecimientos que en las últimas horas, en los últimos días, le habían hecho merecedor de ese adjetivo tan feo.

Su antipatía por el cardenal Richelieu era intensa y mutua. El cardenal lo odiaba tanto como él podía odiarlo a él.

La cosa venía de un par de años atrás, cuando se mudó de su oficio de funcionario en Ruán para sumarse en París a la que llamaban “la sociedad de los cinco escritores”. Un bello eufemismo para referirse a los hombres de letras, entre ellos Pierre Corneille, que se dedicaban a escribir obras que el cardenal Richelieu firmaba como si hubieran salido, exclusivamente, de sus largas y sarmentosas manos. Quizás el orgullo, el desprecio que no había podido disimular por esa debilidad de aquel hombre, poderoso pero incapaz de escribir lo que tanto deseaba escribir sin ayuda del talento de los demás, era lo que había convertido a Richelieu en uno de sus más encarnizados enemigos.

El estreno -y el éxito- de “El Cid” habían hecho que una cierta indiferencia, un cierto desdén, acabarán convirtiéndose entre los dos hombres, el autor de teatro y el purpurado, en un odio feroz que cada cual ejerció a su manera y con la intensidad que su respectiva relevancia social le permitía. Corneille como el ídolo del público, el cardenal como el hombre que con un sólo movimiento de la mano podía destruir vidas y haciendas a placer. Incluso ciudades enteras. Como lo había demostrado en La Rochelle.

Así había empezado todo y así se había envenenado hasta el aire que mediaba entre ellos dos. Corneille soñaba con destruir al cardenal, casi tanto como el cardenal soñaba con destruir a Corneille. Ninguno de los dos conseguía lo que quería.

El cardenal porque Corneille era demasiado popular -se decía que hasta la reina Ana lo protegía en contra de la voluntad del cardenal, porque el Cid elogiaba a su país natal- como para intentar nada contra él. A pesar de que los designios militares de Richelieu contra la casa de Austria, contra España, exigían que se escarmentase a aquel osado que se había atrevido a elogiar y exaltar a los enemigos jurados de Francia -de la Francia que él, Armand du Plessis, había construido con sus propias manos-, a los españoles, presentándolos, encarnados en Rodrigo Vivar, en el Cid, como ejemplos de la más pura nobleza.

Corneille nada podía hacer, porque su mano era mucho más corta de lo que imaginaba en sus sueños gloriosos, en los que él se libraba de aquel tirano vestido con sotana roja de cardenal asesinándolo con el puñal de Bruto, de un modo un tanto teatral.

Así había sido siempre hasta aquella mañana en la que Corneille, por una serie de afortunadas casualidades, se había hecho con una información relevante, verdaderamente sorprendente para él, por lo general alejado de grandes intrigas.

Había llegado a saber gracias a uno de sus antiguos contactos en el Almirantazgo de Ruán, que un caballero de la misma estirpe -o casi- que su Cid estaba a punto de ser entregado a una emboscada que le habían tendido en la Place de Grève dos de las muchas peligrosas criaturas que orbitaban en torno al cardenal.

Los detalles se le escapaban, pero no tenía duda de que debía ayudar a aquel enemigo del cardenal. Aunque sólo fuera por equilibrar un tanto las cosas a favor de aquel que él, Corneille, en su imaginación, había adoptado como un héroe caído en desgracia, idéntico, o casi, a su Cid, aunque fuera vestido a la última moda.

Rápidamente había escrito con una letra irreconocible, totalmente impersonal, un mensaje que había hecho llegar a aquel hombre que debía acudir esa misma mañana a la Place de Grève para ser llevado, al parecer, a una prisión secreta en la que esperaban obtener de él ciertos secretos que, de eso no cabía duda, tenían que ver con la guerra en curso entre el soberano señor de Francia y de Navarra, Luis XIII, y su cuñado Felipe IV, el rey Planeta.

Ahora el corazón decía a Corneille que debía haber callado, haber permitido que aquel caballero que se hacía pasar por un caballero inglés de nombre John de Mount hubiera caído prisionero de Tasac y de Medoc en la sucia emboscada que esperaban tenderle a la sombra del trajín del puerto de la Place de Grève, donde el ruido y el jaleo de los embarcaderos, y de los desocupados que buscaban trabajo en ellos, lo tapaba todo y, cómo no, las perfidias e intrigas de Armand du Plessis, el señor cardenal de Richelieu.

Sí, Corneille se reprocho que él se debía a la Corona de Francia y de Navarra y a sus servidores y que los que vivían más allá del Pirineo no eran amigos, nobles y caballerosos como su Cid, sino enemigos que no dudarían en tomar París, como ya lo habían hecho en otras ocasiones, en tiempos del abuelo del rey Planeta. Aquel misterioso hombre de negro, cargado de secretos ocultos y aroma a alquimia, llamado Felipe II…

Sin embargo, a pesar de esas corrosivas ideas, cargadas de deseo de penitencia, Pierre Corneille acabó por decirse que, después de todo, por alguna razón que aún no terminaba de ver clara, había actuado bien.

Quizás porque siempre era más decente ayudar a la parte más inocente y más débil. Y en esta ocasión quien parecía serlo eran aquellos caballeros. El que había sido citado en la Place de Grève y el que había salido por la puerta de Normandía a indagar cierto asunto en el que, por lo que había llegado a enterarse Pierre Corneille, estaba metido otro de los súbditos de la corona de Francia y de Navarra al que el cardenal Richelieu apenas toleraba en su presencia: el arzobispo de Burdeos, Sourdis.

Reconfortado, al fin, por la idea de que, después de todo, había servido a una Justicia más alta que ningún trono del Mundo, Pierre Corneille bebió un vaso de la sidra que tenía junto a él, como esperándole, sobre la mesa. El trago le refrescó. En cierto modo le purificó de aquellos malos humores que había estado destilando hasta ese momento.

Puede que también le ayudase a llevar con el tamborileo de los dedos sobre la mesa el ritmo de la música que salía decidida y bien ejecutada de la casa frente a la suya y, quizás, también le animó a prometerse que descubriría quiénes eran aquellos dos personajes que su antiguo contacto del Almirantazgo de Ruán había llamado “Ganelón” y “Pinabel” y que informaría de todo lo que supiera sobre esos agentes -al parecer infiltrados en dos importantes fortalezas de la costa más allá de los Pirineos- al caballero John de Mount ya que, ambos, sólo podían servir a algún designio oscuro y tiránico de aquel hombre que, como una especie de gran sombra roja, cubría todo el mapa de Francia y de Navarra, que era más, mucho más, de lo que Pierre Corneille podía soportar.

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La sombra roja. Primer Capítulo.

 

Por Carlos Rilova Jericó.

Colonia de Nueva Francia, cerca de la frontera con Nueva York (antes Nueva Amsterdam), invierno del año 1664. 

El caballero Barry sintió el frío del suelo nevado traspasando la piel doble del coleto de búfalo. Aquella prenda, tan sólida en apariencia, tampoco había logrado parar el disparo que le había atravesado el hombro y por el que, le parecía, se estaba desangrando, volviendo de un rojo oscuro la nieve que tenía alrededor. Mientras se deslizaba a un sueño que temió fuera la antesala de la muerte, oyó voces. En francés, quizás las de sus propios hombres, que se retiraban, y lo abandonaban, ante el empuje de los iroqueses, mandados por aquel repulsivo oficial inglés con el que había cruzado miradas antes de caer atravesado por ese disparo que ahora maldecía entre dientes, con el poco aliento que le iba quedando y exhalaba en nubecillas de vapor cada vez más breves, más entrecortadas. Le pareció entender que el inglés, también hablando en francés, trataba de evitar que los salvajes lo escalpasen y lo rematasen sobre el suelo, como tenían por costumbre para cobrar las generosas recompensas que se pagaban -lo mismo en Boston que en Quebec- por aquellos trofeos que significaban un colono, un enemigo menos en tierras que el rey de Inglaterra -o el de Francia, si la cabellera era llevada ante el gobernador de Quebec- consideraba de su exclusiva propiedad.

Mientras veía el vuelo de dos águilas en el cielo azul, brillante y vacío, el caballero Barry empezó a acercarse a un estado de delirio. Intentó aferrarse a la vida como a la empuñadura de su espada, de la que no se había desprendido a pesar de la herida, y empezó a repetir las palabras del cantar que había oído a aquel marinero vasco unas semanas atrás, en una taberna en el curso bajo del San Lorenzo, antes de que los altos oficiales del rey de Francia y de Navarra le exigieran hacer efectiva su contrata de mercenario combatiendo -de un modo que pareciera lo suficientemente eficiente y feroz- a los ingleses que infestaban la frontera entre Nueva Inglaterra y Nueva Francia.

Empezaba con una fecha: “Milla seirehun ta ogei ta hemezortziko julioaren zazpian, Hondarribiako hirian…”. Lo recordaba bien, a pesar de lo extraño de aquella lengua, tan distinta a todas, porque se lo había hecho repetir por el marino hasta que habían acabado con dos botellas del vino de Burdeos que el caballero Patricio Barry había insistido en pagar de su bolsillo. Quería no olvidar aquel poema en lengua vasca sobre esa batalla que había empezado en el mes de julio del año 1638 porque él había estado allí, entre los soldados irlandeses que habían defendido aquellas murallas durante dos meses, hasta arrojar a un ejército de veinte mil franceses a las aguas del río que corría bajo ellas. Antes de cerrar los ojos repitió una vez más las estrofas y pensó que la guerra, después de todo, resultaba absurda. Como la muerte que -empezaba a estar bastante seguro- le esperaba detrás de aquella aceitosa oscuridad. Sí, todas las gestas palidecían en aquel momento. Sin embargo, de poder elegir, le hubiera gustado volver a aquellos días en los que apenas había cumplido veinte años. Aunque sólo fuera para participar en otra batalla de la que le había hablado el marino. Una que había tenido lugar en agosto de aquel mismo año de 1638, no lejos de Fuenterrabía, en la bahía de Guetaria… 

París. Noviembre del año 1637. Palais Cardinal.

La voz y el gesto del cardenal Richelieu se alteraron, pasando de su habitual seriedad a algo parecido a la alegría. Si alguien le hubiera podido ver en esos momentos, quizás habría asegurado que su cara, casi constantemente seca y adusta, se había llenado de color, de una luz especial mientras hablaba con sus gatos.    

-Ah, ah. Estáis ahí. Los dos. Subidos a esa silla tan cómoda, ¿verdad?. Felipe, Felipe Augusto, y Casandra. Debo pensar que vuestro asunto amoroso marcha bien. Nunca os veo separados y sí siempre juntos, compartiendo estos pequeños tesoros.

La gata, negra como su compañero, salvo por una pequeña mancha blanca, apenas visible, en la parte delantera del cuello, se desperezó apoyada sobre sus patas delanteras y su cuerpo tembló durante un instante mientras su pelo se erizaba de placer ante la voz de aquel amo tan comprensivo y tan generoso. El mismo que jamás les había defraudado. Olió, también con placer, los dedos del cardenal que se aproximaron a su pequeña cabeza para acariciarla.

Richelieu, sabiendo que estaba a solas con dos de sus queridos gatos -el resto, de acuerdo a su lógica felina, no se había separado de los contornos de la chimenea, junto a la que dormitaban a gusto-, se deshizo en halagos, sonrisas y palabras en tono amable, risueño, dedicadas a aquellos animales a los que amaba con una devoción que jamás había empleado con ser humano alguno. Tanto si trabajaba en pro de sus intrincados intereses, como si lo hacía contra ellos.

El cordial diálogo se vio interrumpido cuando uno de sus guardias llamó a la puerta para anunciar la llegada del rey. Desde el momento en el que aquel sargento vestido con la sobreveste roja adornada con la cruz blanca obtuvo permiso para entrar en la sala, el cardenal volvió a dibujar en su cara el gesto oscuro, sombrío, en definitiva terrible, con el que había llegado, a lo largo de los años, hasta donde había llegado, pasando entre múltiples intrigas, traiciones, disimulos, dobles juegos y toda otra serie de tortuosas artimañas que Armand Du Plessis, señor de Richelieu, esperaba poder hacerse perdonar algún día bajo el pretexto de que el fin justificaba los medios.

El único rastro de la calidez humana que había mostrado en privado ante su manada de gatos, se redujo a acariciar distraídamente la cabeza de Casandra.

Cuando Luis XIII entró, lo contempló casi de través, a la defensiva, como si esperase que, en cualquier momento, el cardenal fuera a sacar una daga envenenada de debajo de su sotana roja, reflejando así, una vez más, el temor irracional que Richelieu siempre había despertado en él desde el momento en que había empezado a gobernar por sí mismo en 1617, ocupando, gracias a un golpe palaciego, el vacío dejado por la muerte de su padre Enrique IV, un amargo día de la primavera de1610.

Luis XIII contempló a su valido con ese vago temor a pesar de estar al frente de su séquito, formado sobre todo por mosqueteros que no intercambiaron miradas precisamente amables con los de la guardia del cardenal. El rey intentó parecer lleno de aplomo, con una mano acodada sobre la cadera derecha y la otra descansando sobre el pomo de la espada. En realidad eso, y también el modo en el que alzaba la cabeza con un gesto displicente bajo su sombrero lleno de plumas, era su manera de ocultar el temor que aquel clérigo le provocaba. Profundo, oscuro, viscoso como barro de las profundidades más negras del bosque más cerrado y húmedo de sus dos reinos, el de Francia y el de Navarra.

Durante esos momentos de silencio en los que su primer ministro le sostuvo la mirada después de haber inclinado la cabeza levemente, a modo de saludo, Luis XIII intentó encontrar alguna razón para aquel temor y aquella desconfianza de la que no se desprendía a pesar de los buenos servicios que el cardenal le había prestado en los últimos años. Desde que lo hizo su primer ministro. Luis el Justo se estremeció, controlando apenas un escalofrío, pensando en lo que aquel hombre era capaz de hacer. Decían -y a él le constaba, por medio de sus espías- que trabajaba doce y más horas al día, que apenas dormía y esas pocas horas de sueño las interrumpía para celebrar oficios como si fuera un monje y no un príncipe de la iglesia.

Y eso a pesar de las numerosas enfermedades que devoraban aquel cuerpo flaco, asténico, que parecía estar consumiéndose a sí mismo desde hacia años. Luis XIII, más intimidado que nunca, tuvo que reconocer que él sería incapaz de hacer nada -menos aún de lo que hacía habitualmente- si padeciese con la misma ferocidad tan sólo alguno de aquellos males -gota, fístula o algo parecido que, en todo caso, apenas le permitía estar sentado, y otros- que sufría aquella figura exangüe ahora recta y envarada ante él, sonriendo apenas a través de sus labios delgados y crueles, esperando a que le hablase. O más bien, quizás, exigiéndole que despachase cuanto antes, el asunto que le había traído hasta sus aposentos, para que él pudiera hacer lo que era necesario también, como siempre, cuanto antes.

El rey de Francia y de Navarra trató de que su voz sonase tan aplomada como sus gestos. Se permitió incluso sonreír un poco ante aquel hombre temible.

-Y bien, eminencia, ¿despacháis con uno de mis antepasados, el rey Felipe Augusto?. ¿O es con su reina?, la reina Casandra. ¿Es vuestra gata capaz de ver el futuro como aquella de la que toma el nombre?.

El cardenal abrió algo más los labios -aparentemente sin esfuerzo- para tratar de hacer más amplia -y más creíble- la sonrisa que dirigía a su -al menos en teoría- amo y señor.

-Sire, bien sabe vuestra majestad que sois el único rey al que sirvo. Incluso a despecho de estos otros -la delgada mano del cardenal se alejó de la gata para abarcar con un gesto a toda la manada dispersa en torno a sillas, sillones y chimenea- que, como bien sabe vuestra majestad, suelen tiranizar a aquellos que se supone son sus amos.

La cara del rey, inexpresiva y fría, obligó al cardenal, contra su voluntad, a alargar aquella frase que, según le había parecido, debería haber sido suficiente para responder a la pregunta que el rey y señor de Francia y de Navarra le había formulado.

-… Y en cuanto a si mi querida Casandra es capaz de ver el futuro, es algo que ignoró por completo. Esta bribonzuela, de seguro, no compartiría esos secretos conmigo. Ni aunque fuera capaz de hablar. Cosa que, sin embargo, no me extrañaría que pudiera hacer. Ya sabéis lo inteligentes que son estos animales. Pero si por azar lo hiciera, estoy seguro de que nos daría noticias muy agradables…

La inflexión en la voz y el gesto del cardenal, revelaron a Luis XIII que éste tenía algo verdaderamente importante que decirle, tal y como él esperaba, pues de otro modo no se habría tomado el terrible esfuerzo de visitarlo en sus aposentos privados. Menos aún el de tener que soportar, una vez más, su aterradora presencia. Con esa perspectiva prometedora golpeándole el corazón, el rey, con un leve gesto de la mano, despachó a su séquito a la antesala, para que así el cardenal pudiera revelarle el enésimo secreto de estado que, eso esperaba Luis XIII, salvaría a la casa de Borbón de sucumbir bajo las armas de los Austrias.

Cuando el último hombre del rey salió de la estancia bajo la mirada sonriente y complacida del cardenal, cerrando las grandes puertas con una reverencia malhumorada, Richelieu juntó las manos en un gesto satisfecho y, con un gran esfuerzo, forzó a sus labios a formar una sonrisa más abierta y veraz que la que había dominado su cara hasta ese momento, más parecida a un rictus.

-Sire, tengo grandes noticias. Este verano daremos un gran golpe sobre la frontera de los Pirineos. Uno que vuestro cuñado, el rey Felipe IV, no podrá jamás olvidar y que, quizás, hará tambalear su trono de Madrid. Esta misma mañana he despachado de ese asunto con Maurice de Tasac y Artur de Medoc, ya sabéis, ese caballero malcarado al que llaman por mal nombre “vu deux fois”. Ellos y sus criaturas se encargarán de que todo funcione como es debido y la ruta a Madrid quede, o muy comprometida, o abierta para vuestros ejércitos victoriosos.

Luis XIII, que no se había atrevido a mover un músculo, sin variar la posición de sus manos ni la de su cabeza, asintió con aire meditabundo. Temió preguntar, como siempre, por los tortuosos detalles de aquel plan que, sin ninguna duda, habiendo salido de la complicada mente que se refugiaba bajo aquel capelo cardenalicio, sólo podría ser igualmente tortuoso. Por dignidad tan sólo se atrevió a asentir con la cabeza mientras añadía una frase de circunstancias. De esas de las que estaban llenas los libros de Historia que, con mucho esfuerzo, le habían obligado a leer cuando era un niño.

-Espero que esta vez, también estéis en lo cierto, eminencia.

El cardenal se inclinó sin perder la sonrisa en un gesto que, para Luis XIII, tanto podía significar que el cardenal suscribía totalmente esas palabras, como que estaba dispuesto a hacerlo asesinar. Con ese mismo gesto señaló al rey un mapa extendido sobre una mesa. Su largo dedo, sarmentoso, se detuvo sobre el dibujo de una amplia bahía defendida por lo que parecía una plaza fuerte erizada de bastiones.

-Aquí, Sire, vuestras armas conocerán la victoria en la próxima campaña que se abrirá en el corazón mismo de la Corona de Felipe IV el próximo verano. El lugar se llama Guetaria.

Luis XIII, con su brazo izquierdo doblado displicentemente en jarra sobre el costado, miró el dibujo impreciso y coloreado que tanto Felipe como Casandra se habían acercado primero a mirar y después a olisquear con curiosidad bajo la mirada complaciente de su terrible amo. 

París. 15 de Noviembre del año 1637. Place Royale. Por la tarde.

El capitán Juanes de Mendia pateó con sus botas de montar el pavimento y se arrebujó en la capa azul de paño de Segovia, como si quisiera esconderse entre ella y su sombrero chambergo emplumado del viento gélido que subía desde los muelles del Sena. Un poco más allá, en el extremo opuesto de la plaza, el que quedaba más cerca de la calle que llamaban de los Gascones, estaban los dos hombres que buscaba. Con un gesto de la cabeza apenas perceptible, ordenó a los mercenarios que había contratado entre lo peor y más crudo de los bajos fondos de París que tomarán posiciones, subiendo por el soportal bajo las bellas bóvedas de ladrillo hasta situarse a la derecha del grupo con el que estaban en esos momentos hablando Maurice de Tasac y Artur de Medoc. Él avanzaría por el lado izquierdo con el resto, con los que eran de verdadera confianza -la mayoría reclutados en Bilbao y en la costa guipuzcoana e instruidos para hacerse pasar por hugonotes gascones-, con las armas ya prevenidas bajo las capas.

Aunque el capitán Mendia no era un hombre exactamente religioso -no más allá de las supersticiones de viejo soldado que había sobrevivido a varias campañas entero, hasta alcanzar los cuarenta años pasados-, rezó para que aquellos matasietes hubieran entendido bien las instrucciones que les había dado: provocar una pelea, matar al mayor número de los presentes en aquel corro, pero respetar la vida de los dos cabecillas, Medoc y, sobre todo, Tasac.

Huirían en cuanto él interviniese, pero ofreciéndole resistencia, para que no se transparentase la trama que había urdido para ganarse la confianza de aquellas dos criaturas del cardenal Richelieu.

En realidad, Mendia pensaba exterminar a todos aquellos rufianes. O en la misma Place Royale, en aquel combate que sólo ellos creían simulado, o bien antes de que pudieran dar cuatro pasos en dirección a sus respectivos refugios en lo más oscuro del París más oscuro, más recóndito y secreto.

Mientras contaba los pasos de los que pronto sólo serían cadáveres sobre el suelo de la plaza, la conciencia le remordió. “Traición” no era una palabra agradable para quien había sido educado, desde que tenía uso de razón, en ideas como el honor, el valor, el preferir la muerte antes que la vergüenza y el resto de la panoplia moral propia de un hidalgo. Uno, además, nacido de un solar, decían, tan limpio como el guipuzcoano. En el que nunca se había mezclado la sangre de sus habitantes con la de ningún invasor o hereje, según rezaban las Fueros en los que el Mundo en el que Juanes de Mendia había nacido y vivido antes de ser destinado a la carrera de las armas, se sustentaba como si fueran cimientos excavados en roca.

Con una amargura que el viento helado del Sena afiló aún más, pensó en lo distintas, en lo complicadas que eran las cosas en el Mundo más allá de lo que quedaba escrito en viejos papeles, o grabado en escudos de piedra tallados sobre las paredes de una casa que decía descender -como muchas otras que él conocía- del mismo Adán.

No era justo el engaño. Aunque la víctima de él fuera aquella gallofa. Lo justo hubiera sido matar a esos hombres limpiamente, dándoles la oportunidad de defenderse.

Pero lo justo, en esta ocasión, como en muchas otras a las que el caballero de Mendia se había enfrentado a lo largo de su ya larga vida, estaba reñido -y a muerte- con lo necesario. Y en este caso lo necesario era servirse de aquella bazofia para ganarse la confianza de aquellos dos pequeños planetas -De Tasac y De Medoc- que giraban en torno al sol deslumbrante del cardenal Richelieu y, por tanto, estaban en el secreto de lo que éste planeaba. También era necesario para el capitán urdir otra traición dentro de esa traición, haciéndose pasar por inglés. Ocultando su verdadero nombre, sus nobles apellidos, su hoja de servicios intachable a la casa de Austria en la persona de Felipe IV, el rey Planeta. Todo, precisamente, para mejor servir a tan alto personaje y así sacar más lustre a sus apellidos, a su nombre, a su hoja de servicios.

Sintió clavados en su espalda los ojos de Andolín de Echave. Habló en voz alta para él. Pero también para sí mismo y para los demás que estaban ya previniendo las espadas y las dagas, esperando la señal.

-Sé lo que está pensando vuestra merced, don Antonio. Lo puedo casi oír desde aquí…

Los ojos azules de Echave lo miraron desafiantes bajo su sombrero chambergo. Como siempre. Esperando una explicación sin necesidad de pedirla con palabras. Mendia se inclinó sobre él con un gesto torvo, que transformó su rostro, oscureciéndolo de un modo que un poeta no hubiera dudado en describir como pavoroso. Su voz también sonó oscura.

-Pues sepa vuestra merced que yo pienso lo mismo, pero debería saber vuestra merced también que para ganar una guerra a veces hay que recurrir a ardides y estratagemas como éstas.

Andolín de Echave carraspeó justo cuando Juanes de Mendia se daba otra vez la vuelta y se alejaba de él, para ponerse nuevamente a la cabeza del grupo. Su voz aguardentosa y encallecida provocó una sonrisa al capitán, que ya esperaba algo así.

-Sí, capitán Mendia, bien lo sé. Pero desearía que fueran otros los que tuvieran que hacer esto.

El capitán se rebozó en la capa y sonrió abiertamente, Aunque Andolín de Echave y los demás, a sus espaldas, no pudieran verlo. 

-Andolín…

-¿Qué?.

-Lamentaría mucho vuestra muerte en el combate que se avecina. Lo lamentaría porque sería como si muriese mi propia conciencia.

La respuesta de Echave, tal y como esperaba el capitán Mendia, se redujo a una asmática risa sacada del fondo de la garganta que aún se prolongó, amplificada por las bóvedas de ladrillo, cuando el capitán alzó la mano para dar la señal de avance hacia el grupo de Tasac y Medoc que ya estaba a punto de desenvainar las espadas contra los matasietes.

Juan de Mendia aprobó el modo en el que los rufianes cumplían con la misión que les había encargado. Ni la más alta nobleza francesa podía usar modales más venenosos para provocar uno de aquellos duelos que a ella le gustaban tanto como el cardenal Richelieu los odiaba.

Uno de los rufianes, había pedido el nombre a un caballero gascón que estaba en el grupo de Tasac y Medoc. La respuesta del otro resonó con un fuerte acento, cargado de una agresiva fanfarronería, como un trueno lejano que anunciaba una tormenta ya inevitable:

-Me llamo Charles de Batz Castelmore, caballero de D´Artagnan, Y os voy a atravesar, canalla, como no me pidáis disculpas ahora mismo. A mí y a estos señores. Sois indigno de esa espada que portáis.

El matasiete no se arrugó, tal y como Juanes de Mendia esperaba de quien le había dicho que había hecho dos campañas, licenciándose con honores aunque con poco dinero. Menos aún que el que había sacado de casa de su padre en Languedoc antes de salir para París a buscar una fortuna que, a diferencia de los que tenía enfrente, no había sabido, querido, o podido encontrar. La réplica que el mercenario dio al gascón estaba, en efecto, cargada de un tono de voz adecuadamente desdeñoso, su mano derecha señalaba con descaro, amenazadora, mientras la izquierda ya estaba agarrada a la vaina de la espada, lista para desnudar el filo.

-D´Artagnan … Es un nombre ridículo.

El aludido, como el capitán Mendia esperaba, no pudo aguantar más y echó mano a su propia espada mientras sus labios temblaban de rabia al pronunciar las palabras que iban a convertir los insultos en estocadas: “Basta, se acabó. Sin más ceremonias”. Eso, por supuesto, fue suficiente para que los bravos se pusieran en guardia y desenvainasen sus espadas. Tasac y, sobre todo Medoc, palidecieron hasta quedar lívidos como si sus caras estuvieran hechas de cera. Era evidente que no buscaban problemas, pero aún así los habían encontrado, y tal y como Juanes de Mendía había calculado, no pudieron retroceder ante ellos. Así, sus espadas también saltaron de las vainas. Como si estuvieran accionadas por un resorte mecánico.

Durante unos instantes Juanes de Mendia, Andolín de Echave y los demás hombres de su grupo, observaron la escena simulando ser paseantes sorprendidos por un duelo en masa en el mismo centro de París.

El capitán Mendia se sintió incómodamente satisfecho por la eficacia con la que se desenvolvían sus mercenarios alquilados una semana antes. El mosquetero que había provocado el duelo, el gascón de acento nasal, aires pretenciosos y nombre, en efecto, bastante curioso, se debatía con gran dificultad con aquel hidalgo provenzal al que la mala suerte -o su orgullo, o los caprichos de la Fortuna, o quién sabía qué- habían convertido en matón a sueldo.

El gascón apenas pudo parar los dos estramazones que el mercenario le lanzó buscando, de eso no había duda, abrirle la cabeza bajo el sombrero, provocarle una herida considerable para, una vez cegado por su propia sangre, acabarlo con una estocada directa, al vientre, al corazón… en definitiva a cualquier lugar que su oponente, dueño de la situación gracias a ese golpe clásico, y muy manido, eligiera.

Las dos criaturas del cardenal Richelieu no lo estaban pasando mejor. Aunque Juanes de Mendia anotó con una sonrisa gélida que eran un enemigo más peligroso de lo que él había creído en un principio. Nunca antes había tenido ocasión de ver a los dos satélites del cardenal conversando espada en mano. La prohibición tajante de duelos como aquel lo hacía casi imposible, convirtiendo aquella cuestión tan importante -la de conocer hasta dónde llegaba la habilidad de aquellos que algún día tendría que matar- en un misterio inquietante.

Ahora por fin podía comprobar que eran tiradores consumados. De primera calidad. A diferencia de algunos de los que les acompañaban no gastaban ni un sólo soplo de aire en nada que no fuera ensayar estocadas contra los que se les enfrentaban y en detener las que estos les lanzaban, intentando romper una guardia repleta de fintas y contragolpes que demostraban años de entrenamiento, de conocimiento adquirido en riñas súbitas en cualquier posada, en los caminos, en muchas escaramuzas.

La voz de Andolín de Echave le vino a sacar de esa observación que empezaba a convertirse en un ensimismamiento preocupado, nervioso.

-Sería hora de sumarse a la riña… Más tarde parecerá artificio.

Juanes de Mendia, aún absorto, no respondió nada. Sólo asintió levemente con la cabeza y, echando a correr en dirección a la pelea, desenvainó la espada. Los demás hicieron otro tanto, siguiéndole de acuerdo a aquella señal convenida. Como si se tratase de un mal sueño, el capitán Mendia se vio a sí mismo sacando una de las dos pistolas que llevaba ocultas bajo la capa y disparándola de través contra el hidalgo provenzal que se batía contra el que se había llamado a sí mismo caballero de D´Artagnan. Sintió nauseas cuando el mercenario le miró sorprendido, tras recibir el balazo que se lo llevó en ese mismo momento de entre los vivos. 

París, cerca de la calle Saint-Honoré. 15 de Noviembre de 1637. Por la noche.

Los pasos de Andolín de Echave y del capitán Mendia resonaron desafiantes sobre el pavimento sucio y grasiento de humedad. Sin embargo sus voces eran quedas, apagadas. 

Echave habló con uno de sus gruñidos aguardentosos, salido de una garganta demasiado acostumbrada a mezclar vino y humo de pipa. Trató de vos al capitán, como tenía por costumbre cuando no había nadie más en la conversación.

-Juanes, ¿creéis que todo ha salido a entera satisfacción?, ¿no os parece que ese Medoc, ese que parece un lebrel flaco y mira atravesado, ha desconfiado?.

La respuesta del capitán Mendia fue precedida de un suspiro que podía revelar tanto cansancio como preocupación. Quizás ambas cosas. Cargó una pipa, imitando a Echave mientras las palabras salían con mucha precaución de su boca.

-A decir verdad, Andolín, no descuento que haya desconfiado. Ni él, ni el otro, ese Tasac al que hemos salvado de la estocada fatal en el último momento. El gascón de nombre extraordinario y sus compañeros de la guardia de mosqueteros -que, por cierto, también tienen unos nombres de lo más extraño, como si fueran personajes de una comedia-, miraban igualmente con aire bastante atravesado cuando hemos bebido con ellos en casa de Medoc, después de la riña. Aunque me parece que esas gentes lo tienen por costumbre. Sin embargo, creo que el ardid ha salido bien. Si nos falta algo de su confianza, deberemos trabajar más por ganárnosla. Os dejo, pues, encargado de atisbar los rumores que los sucesos de esta tarde vayan provocando. A partir de ellos decidiremos qué partido tomar.

Durante un instante fumaron sosegadamente, hasta que Echave rompió aquel silencio protector y agradable con una nueva pregunta que salió de sus labios mezclada con humo de su última bocanada a la pipa.

-¿Os parece, Juanes, que todo esto tiene algún sentido?. ¿No habéis dudado nunca de esta vida que llevamos?, ¿no habéis soñado con vivir más sosegadamente, retirado en vuestra casa de San Sebastián, o en la de Fuenterrabía, junto a una buena mujer?.

Mendia volvió a suspirar mientras se quitaba la pipa de arcilla blanca de los labios.

-Andolín, hablando en confianza como ahora lo hacemos, os diré que muchas veces he dudado. Que incluso no se me oculta, desde luego, que el cardenal y sus ambiciones se parecen mucho, uno y las otras, a nuestro señor Olivares y las suyas, pero siempre me respondo lo mismo…

Echave sonrió entrando, una vez más, en el juego de Juanes de Mendia, planteando la pregunta que el capitán estaba deseando responder para terminar la frase que había dejado interrumpida a la mitad.

-¿Y qué es eso, Juanes?.

-Que el cardenal ya ejerce un poder tiránico sobre su propia gente y aún sería más tiránico sobre aquellos que cayesen bajo sus armas y que, a fin de cuentas, los intereses del señor conde de Olivares son más los nuestros que los del cardenal. Por difícil de creer y borrosa que os parezca esta cuestión a veces. Ésta que empezó hace dos años, será una guerra larga, llena de sinsabores. Habrá batallas que se ganen y otras que se pierdan, pero ni vos ni yo veremos el final de ella. No al menos en esta presente vida. Seguramente el que acabará con el orgullo francés será algún muchacho que hoy no tendrá más de diez años. Puede que incluso sea de nuestra provincia de Guipúzcoa. De Fuenterrabía, de San Sebastián, de Guetaria o de Vergara, quién sabe. Lo único que sé es que hemos de hacer cuanto esté en nuestras manos para que el derrotado sea finalmente el designio francés y no el que nos conviene a nosotros…

Echave observó la mirada de Mendia en la oscuridad apenas iluminada por algunos faroles y por la brasa de su pipa. Era dura y determinada. Con ella, y con lo que acababa de decir, parecía querer dejar zanjada toda aquella cuestión sobre si la causa a la que servían era justa o no. Quizás por eso resultó tan sorprendente que añadiera algo a todo lo dicho ya.

-Es como una sombra roja que lo cubre todo, ¿sabéis, Andolin?. No permite que se escriba una línea en Francia sin que él dé su consentimiento. Es dueño de todas las opiniones, salvo la de aquellos que lo combaten entre las sombras con libelos. Recordad el caso de ese señor Corneille que escribe comedias. La que hizo pública a principios de este año sobre el Cid disgustó tanto al cardenal -porque alababa a los españoles- que a punto ha estado de embastillarlo de por vida. Sólo el aplauso general con el que recibieron la obra, y los gestos de sumisión que ese señor Corneille ha hecho hacia él,  le han evitado un destino así.

Echave asintió mientras extinguía su pipa.

-No hay duda, pues, de lo que hay que hacer. Tendréis noticias mías.

Las manos de los dos hombres se entrechocaron por toda despedida. Echave notó el peso de una bolsa llena de ducados cuando retiró la suya. Al darse la vuelta sólo vio de espaldas al capitán Mendia caminando hacia su casa en París -esa que nadie sabía dónde paraba exactamente-, hablándole sin dejar de andar hacia su destino.

-Haced buen uso de ellos. Acaban de acuñarlos, apenas hace un año, en las Cajas Reales de Lima. Para servicio del rey nuestro señor.

Con eso las dos figuras se separaron definitivamente sin que ninguno de ellos se fijase en la luz que se proyectaba desde una de las ventanas altas del Palais Cardinal.

Por algún capricho de la Óptica, tenía un tono rojizo. Como de sangre derramada en un campo de batalla.

Una música inquieta, tocada con una viola de gamba, parecía envolverla de algún modo. El cardenal, cerca de aquella ventana, fingía apreciar la melodía mientras en realidad hablaba en voz baja de los sucesos de esa misma tarde en la Plaza Royale con Maurice de Tasac y Artur de Medoc.

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